domingo 5 de julio de 2009

UN DURO AL AÑO


Hay veces que la añoranza nos visita, quizá porque aunque maduros, todavía cuesta desprenderse de aquellos años felices de la niñez. Con el reflejo de aquel brasero de ascuas incandescentes dando a mi cara calor y brillo rojizo, con el aroma de aquellas tostadas de pan y con la voz de mi padre susurrándome al oído una poesía sacada de su brillante memoria, pasaban aquellas mañanas frías de invierno…

I
Monte arriba, cara al viento,
buscando reposo y calma,
íbame yo muy contento,
dándole descanso al alma,

y cuando al alto llegué,
y al dar la vuelta a la cima
un rebaño me encontré
que se me venía encima.

Avanzaban las ovejas
marchando al paso tranquilas,
y pasaban las parejas
al sonar de las esquilas:

y a los últimos reflejos
de los rayos vespertinos
las vi perderse a lo lejos
por los ásperos caminos.

Detrás de ellas, lentamente,
dando al aire una canción
y sacando indiferentes
u mendrugo del zurrón,

venía un pastor, un niño,
un imberbe zagalejo,
que me inspiró ese cariño
que es tan súbito en un viejo.

-¡Hola! ¿Eres el pastor?
-Sí señor, ¿Qué se le ofrece?
-¿Tienes padres? -No señor.
-¿Cuantos años tienes? -Trece.

-¿Y cuanto ganas, amigo?
-Un duro. -¿Al día? ¡Anda maño!
-¿Un duro al mes? -¡Que no, digo!
-¡Un duro al año!

II
Le dejé que se marchara
y en el monte me senté,
y avergonzado, la cara
en las manos oculté.

Pasaron por mi memoria
templos, palacios y reyes,
los aplausos y las glorias,
los discursos y las leyes,

los millones del banquero,
las fiestas del potentado,
réditos del usurero,
ladrones en despoblado,

fortunas mal heredadas
en el tapete perdidas,
cortesanas celebradas
de ricas galas prendidas,

los que de lujo se afanan,
tantas glorias, tanto daño...
y en tanto hay seres que ganan...
¡Un duro al año!

III
¡Un duro! ¡OH Dios!
¡Cuantas veces
lo habré derrochado Yo,
en miles de pequeñeces
que mi gusto me perdió!

En comer y no tener ganas,
en caprichos, en favores,
en vanidades humanas,
en guantes, coches y flores,

en un rato de placer,
en un litro sin valor,
en apostar, en beber,
en humo, en un buen olor...

Y ese duro que se olvida
en cuanto correr se deja,
era un año de la vida
de aquel niño que se aleja...

Y vi que somos peores
todos los seres humanos.
Unos, falsos soñadores;
otros, falsos puritanos

todos en el daño iguales;
ante las llagas sociales;
y hay seres que, en esa edad
que ignoran su propio engaño
deben a la humanidad...
¡Un duro al año!

IV
¡No! Mientras el frío enero,
en una espantosa noche,
mi prójimo, por dinero,
me lleve a mi casa en coche;

mientras de la mina obscura
saque el carbón tanta gente,
pasando tanta amargura
para que Yo me caliente;

mientras de la alegre fiesta
salga Yo, que siento y creo,
y al pobre que me moleste
le mande airado a paseo;

mientras derroche la moda,
y se gasten, grande o chico,
mil duros en una boda.
Mil en entierros del rico,

y hasta el sol desigual sea
que me sirvan de lacayos
ni creo en leyes humanas
ni en el que las bombas tira...
¡Palabras! Palabras vanas.¡
Mentira, todo mentira!

No hay a las penas consuelos;¡
sufrir y siempre sufrir!
¡El Cristo se fue a los cielos,
pero volverá a venir!

Y ha de subir a mil codos
mas alto el nuevo diluvio,
y en el moriremos todos;
y más altos que el Vesubio

Nos ha de ver impasible
ese niño, ese pastor,
ya convertido en terrible
ángel exterminador,

y entre torrentes de lava
gritara de su alto escaño:
-Yo soy aquel que ganaba
¡Un duro al año!

V
Así a mis solas decía,
Solo, en la cumbre del monte,
Mientras el sol se escondía
en el rojizo horizonte,

en la sombra se ocultaban
lentamente las aldeas,
y allá lejos humeaban
las fabriles chimeneas,

entre el ruido y movimiento
de las modernas ciudades,
resumen triste y cruento
de las necias vanidades...

Y allá, perdido en la plana,
cantando, tras su rebaño,
iba aquel niño que gana
¡Un duro al año!

martes 30 de junio de 2009

OTRA OPORTUNIDAD



El silbido del intenso viento que se filtraba por la pequeña rendija de la puerta, terminó por despertarme aquella mañana de domingo en el que esperaba haber disfrutado un poco más de un día de merecido descanso. Miré hacia el lado donde duerme mi esposa y pude ver el rostro de alguien que goza de la paz de un maravilloso sueño; su cara reflejaba la quietud con la que puede dormir una niña sin preocupaciones… Algo me ardía en el interior y de repente sentí la necesidad de hacer una visita a la Imagen de Jesús Nazareno, postrada desde tiempo inmemorial en aquel baldaquino situado en el viejo templo. Algo me confundía pues, si era domingo, qué hacía mi túnica morada colgada frente a mí. Me acerqué, y con suavidad quise oler los aromas impregnados en ella de incienso y madrugada. Por un instante quise oír a lo lejos los sonidos de una vieja trompeta llena de lamentos, que acompañaban el tintineo de una veterana campanilla. Jesús… ¿Estoy soñando?

Sin dudarlo me dejé llevar por la emoción y en un momento el morado hábito y yo, éramos una sola cosa. Pronto me encontré en la calle camino del viejo templo, donde sin duda algo maravilloso iba a suceder. De pronto una madre desesperada con un niño en sus brazos me abordo pidiéndome algo de comida. Contrariado por la situación, le eche la primera excusa que se me vino a la mente, para evitar el contratiempo ¿Cómo podría ayudar en este momento a esa mujer? Llego tarde a una cita importantísima. A lo lejos pude adivinar la silueta de una persona que me era familiar. Sin dudarlo y refugiado en el interior del antifaz de mi túnica, pasé de largo por miedo a que me contara alguna historia de las que en su boca solían hacerse eternas; pobre hombre pensé; no tiene quién le escuche. El camino se eterniza. Seguía oyendo la campanilla y los broncos sonidos del latón ¿Será verdad que es Viernes Santo?

En la esquina de una oscura callejuela que sirve de atajo para acceder a las principales calles de la ciudad, alguien rebuscaba entre la basura de unos sucios contenedores. Con cara lastimosa me pidió un poco de ayuda, pues llevaba varios días sin comer. No sé que hacer y sigo mi camino hacia el encuentro con Jesús Nazareno. Después de un eterno caminar conseguí llegar a la vieja iglesia. Mi túnica había envejecido y la luz de mis tulipas estaba casi marchita. Una autentica muchedumbre rezaba postrada delante del altar y por un instante pensé… ¿Qué hace toda esta gente? ¿A quién rezan? ¿Dónde está Jesús Nazareno? Aturdido pregunté a los allí presentes y observaba como reían a mis espaldas. Sus murmullos hacían daño a mis oídos… ¡pobre hombre no ve a Jesús, pobre hombre no ve a Jesús! El miserere sonaba tosco y poco acompasado. El sonido de la campanilla era estrepitoso y las trompetas por más que les soplaban no esbozaban nota alguna. Gritos desesperados apenas brotaban de mi garganta… ¡Jesús, Jesús!

El sonido del despertador interrumpe otro día más mi sueño. A mi lado, mi mujer duerme plácidamente rodeándome con sus brazos. Son la siete de una madrugada cualquiera y pronto amanecerá para dar paso a otro día de trabajo. Tengo la garganta seca y los ojos mojados de lágrimas... Uff… todo ha sido un mal sueño. Al lado de la mesita, una vela morada acompaña a una pequeña estampa de Jesús Nazareno…

domingo 28 de junio de 2009

EL MÓVIL QUE NOS DOMINA


¡A lo qué nos hemos acostumbrado! Me viene a la memoria el recuerdo de la primera vez que accedí a la alta tecnología en lo que a comunicación se refiere, con la compra de un celular, como dicen por ahí, (que por cierto no me lo compré, sino que fue un regalo que iba dentro de una promoción por la compra de un lote de chupa chups) y comparándolo con los ingenios del momento, parece que hubiesen pasado más de cien años desde los primeros “ladrillos” a las maravillas tecnológicas que hoy por hoy nos acompañan. Sin ir más lejos, mi primer teléfono móvil fue un Nec (marca que llevo años sin ver) y ahora gozo, después de unos doce años, de un Samsung 3G con miles de cosas que ni utilizo ni sé para lo que sirven. La verdad es que parece mentira que una cosa tan pequeñita y a veces tan ruidosa y estridente, se haya adueñado de esta manera de nuestras vidas.

A parte de las asistencias primitivas que nos brinda tal artefacto (ya se saben las que son) hay otras que sin querer le hemos dado nosotros y que nada tienen que ver con las que en un principio fueron la causa de que el mismo se integrara en nuestra sociedad. Juegos, música, SMS, GPS, MP3, Radio, etc. se une a un elenco de prestaciones que han hecho que hoy un teléfono móvil sea imprescindible en nuestra vida. No obstante otro de los usos para los que lo hemos destinado, ha sido para engrosar el repertorio de artes que utilizamos a la hora de ignorar o eludir a nuestros semejantes; unas veces con razones poderosas y otras veces demostrando la poca educación de la que se hace gala. Echarse el móvil a la oreja cuando queremos evitar un saludo u otra cortesía, es algo que cada vez más utilizado, y es que no sabemos a donde agarrarnos para demostrar el in crescendo de nuestra irracionalidad. También la dependencia de su uso, a veces pone en riesgo nuestras vidas cuando sin pensar en lo que hacemos, por un instante nuestra atención se difumina llamados por ese susurro mortal en el que se puede convertir el diminuto ataúd que nos controla.

Lo cierto es que el teléfono cambió nuestra vida achicando distancias, y en su versión de móvil nos hizo llevar con nosotros la confianza de que en todo momento estamos en contacto con el mundo, para lo bueno como también para lo malo. Pienso que lo mismo que hemos ganado en comodidad, de igual forma hemos perdido intimidad y libertad. Para muchos de nosotros, cuando en algún momento entramos en una zona en la que no hay cobertura, supone de algún modo un alivio; aunque para darnos ese respiro a veces sólo bastaría pulsar el botón rojo pero, ¿Quién se atreve?

PD. Pronto tendremos que hacer uso de nuestro coche para disfrutar de las merecidas vacaciones. Por favor, apaga el móvil cuando estés conduciendo y regresa sano y salvo.

lunes 30 de marzo de 2009

ANTE TODO JESÚS NAZARENO



Una sociedad necesita para su crecimiento apoyarse en la innovación, en la renovación y también en la conservación. Generar nuevas ideas y nuevos proyectos que a priori nacen con la intención de avanzar en la investigación de distintos campos, ya sean tecnológicos o científicos, e incluso la puesta en marcha de nuevos mecanismos sociales que forjarán beneficios comunes evitando el anquilosamiento de sectores tan necesarios para mantener una calidad de vida aceptable, podríamos llamarle innovación; ésta nunca debe de ser un acicate para el enfrentamiento entre clases o entre personas con distinta forma de pensar. Por consiguiente, la acción innovadora siempre deberá tener el objetivo de proyectar nuevas ideas con la intención de crear y no de destruir, dando por hecho que una reforma si en su caso fuese traumática, más que una innovación sería una revolución, no siempre necesaria, amén de los perjuicios que en primera instancia se podrían producir.

La renovación siempre precisa, bajo mi opinión se debe de hacer a través de un estudio y punto de vista lógico que genere confianza en la misma, teniendo sumo cuidado en la elección de los medios a emplear; pues una renovación mal encauzada o mal estudiada, puede suponer que el remedio sea peor que la enfermedad. Es cierto que hay que renovarse o morir, pero no es menos cierto que todo en este mundo requiere paciencia, estudio y esfuerzo. Hacer llamadas a la renovación o a la innovación es muy fácil, pero crear compromisos de trabajo y esfuerzo está algo más complicado. Hay personajes que suelen avivar el fuego de la innovación y la renovación con palabras, pero a su vez son incapaces de alimentar el mismo para mantenerlo.

Dejarse seducir por modas importadas de otros lugares y despreciar nuestra tradición de forma radicar, dice muy poco de un pueblo. Pensar que lo foráneo es más práctico o más bonito sin ningún tipo de racionamiento lógico, y además intentar instalarlo en nuestro entorno sin más, es absurdo. Conservar las tradiciones entregadas por nuestros predecesores, es prácticamente una obligación. Las tradiciones están basadas en la esencia, en lo que nunca se puede ni se debe cambiar. La tradición crea carácter y fortalece a un pueblo generando en él unión e identidad. Lo tradicional nunca se debe ver afectado por las innovaciones y renovaciones venideras, si las mismas no agreden al tronco, es decir, a lo fundamental. Innovación y renovación tienen sentido cuando las mismas estén enfocadas al mantenimiento, la conservación y la mejora de la idea primitiva, o sea, de la esencia.

La conmemoración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, unificada en toda la Iglesia desde el año 525, dio origen a la institución de actos que recordarán a través de los tiempos, los distintos hechos acaecidos a Nuestro Señor desde su entrada en la ciudad de Jerusalén, hasta la Resurrección. Las procesiones cristianas, aunque no se sabe su origen con exactitud (las primeras procesiones podrían remontarse al siglo I. Por ejemplo en la antigua Edesa siendo rey Abgaro V, se procesionaba el “Mandylion archeiropoiéton”) adquieren una enorme importancia a partir del Concilio de Trento (1.545 al 1.563). Las primeras procesiones de Semana Santa, dado el alto índice de analfabetismo que residía en la sociedad, fueron utilizadas como catequesis, donde el pueblo encontró de una forma sencilla, la enseñanza de todo lo que fue la Pasión de Jesucristo. Pronto calaría en el pueblo de Dios esta forma de manifestar la fe, seguramente necesitando éste, el refugio de lo espiritual y del acercamiento a la figura de El Mesías.

Las cofradías o hermandades religiosas, no deben su origen a las procesiones de Semana Santa. Sin embargo, las que se fundan y crecen al amparo de la misma, toman especial protagonismo a partir del siglo XVI; sobre todo, en algunos lugares como podría ser España, donde especialmente la Semana Mayor se vive de una forma tan peculiar como intensa.

La Pasión y Muerte de Nuestro Señor, reflejada en la iconografía desde tiempos inmemoriales, adaptada ésta a la manifestación pública de la fe cristiana, ha levantado desde siempre un excesivo fervor entre el pueblo creyente. Además de sacar en procesión las Imágenes de Cristo en Semana Santa, las mismas eran utilizadas para rogativas dirigidas a paliar las desgracias más comunes como las epidemias o la sequía. El pueblo humilde siempre ha encontrado refugio en las Imágenes Sagradas, viendo en ellas al mismo Cristo Redentor o a su Santísima Madre. En torno a éstas, se crean y se vertebran a través de reglas o normas, las primeras asociaciones religiosas que más tarde darán origen a las cofradías, cada una con sus peculiaridades y su forma de hacer.

Aunque se pueda pensar que el principio de las cofradías fue el carácter benéfico desarrollado alrededor de una advocación, en realidad no es así. Las cofradías de Semana Santa, unen dos elementos primordiales: primero el de la contemplación de la Pasión y Muerte de Cristo, y segundo el de la imitación de los dolores de Jesús en su Pasión y Muerte, por medio de una penitencia pública llevada a cabo en la procesión.

En Úbeda se tienen noticias de la existencia de las primeras cofradías desde 1551, aunque tan solo la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno y la de Nuestra Señora de la Soledad, han perdurado en el tiempo. Las demás cofradías de Semana Santa existentes en nuestra ciudad, son bastante más modernas, siendo fundadas o refundadas casi todas en el siglo XX, con excepción de la Cofradía del Santísimo Cristo de la Expiración y la Cofradía del Santo Entierro de Cristo, que se fundaron en el siglo XVII.

En los estatutos modernos de las mismas, se contempla la manifestación pública de la fe como uno de los actos más importantes de las cofradías, pero no el que más. Adquieren igual protagonismo el culto privado, en el que cada cofradía lo ha adaptado a su naturaleza, la formación cristiana del cofrade consistente en la inculcación de las ideas cristianas sobre la mortificación y el sacrificio, además de la esperanza en la resurrección y sobre todo el ejercicio de la caridad cristiana entre los integrantes de la cofradía, amén de desarrollar y participar en todas aquellas acciones enfocadas a la caridad desde las Comunidades Parroquiales.

En cuanto a las recomendaciones que hace la Iglesia sobre el acto de manifestación pública, ésta, anima para que dicha manifestación sea lo más espiritual posible. Los cofrades y por ende los cristianos, al salir con nuestros Titulares a la calle, debemos actuar con coherencia, teniendo muy en cuenta que ante todo somos cristianos, además de los representantes y portadores de las enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo, basadas en la caridad, humildad y misericordia, todas ellas encerradas en el amor al prójimo. No somos el escaparate de un pueblo o de una tradición, sino de La Iglesia y por consiguiente debemos de huir de todo protagonismo personal, desterrando cualquier aspiración que no sea la de la representación específica de la Pasión de Cristo, bajo la advocación representada en las distintas Imágenes Sagradas.

Las primeras imágenes que nos llegan de las procesiones de Semana Santa, se remontan a finales del siglo XIX y principios del XX, gracias a la fotografía. El cinematógrafo, como exponente de la revolución que supuso la grabación de las imágenes movimiento, también ha hecho que podamos contemplar algunas procesiones de principios del siglo XX, en las que se pueden observar las peculiaridades del momento.

Como es lógico, en Úbeda también se guardan imágenes de las procesiones de antaño. Sin necesidad de esfuerzo, podemos adivinar como las cofradías ubetenses han ido evolucionando, a lo que a imagen externa se refiere (Imágenes, tronos, atuendos, atributos, etc.). Gracias a la documentación escrita, plasmada unas veces en los documentos internos de cada cofradía (actas, legajos y correspondencia) y otras veces en la prensa y documentación guardada en archivos públicos, también podemos indagar en los ámbitos burocráticos y saber del funcionamiento interno de las mismas. En la faceta espiritual poco se ha debido de cambiar, pues el hecho de acompañar a nuestros Titulares en una procesión, produce en nosotros algo difícilmente explicable con palabras y que es común a todos los cofrades que han tenido la oportunidad de hacerlo con sentimiento cristiano.

Tomando como ejemplo la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno y no profundizando mucho en el tiempo (no es un trabajo de investigación éste) basándonos en las imágenes más antiguas de las que disponemos, podemos intuir que esta cofradía poco ha cambiado en su forma de manifestación externa. Salvo la renovación de Imágenes y tronos, por otro lado obligada a consecuencia de la barbarie humana llevada al extremo más irracional en los tiempos más oscuros de nuestra historia más reciente, lo que ha sido su protocolo y su organización prácticamente siguen con la misma estructura. De igual forma, el fervor y el apego de los devotos de Nuestro Padre Jesús Nazareno a esta Antigua Cofradía, sigue de forma incorrupta perdurando en el tiempo. El recibimiento que hace el pueblo de Úbeda a Jesús del Paso delante de la emblemática puerta de La Consolada, acompañado el momento por los sones de un patético Miserere que desde 1873 inunda las madrugadas de los viernes santos ubetenses, no es más que la demostración de que por encima de toda banalidad ilógica, está la devoción de un pueblo a su Nazareno.

La búsqueda de la exquisitez, de la calidad, de lo intrínseco, no se debe de hacer pisando por el filo de la navaja. Entre la humildad y la soberbia, apenas hay distancia y cuando apenas te des cuenta, la soberbia habrá desterrado a la humildad de tu corazón. Los cofrades debemos de estar preparados para lo que se avecina, que a todas luces parece ser que no son buenos tiempos. Por ello, nuestra formación cofrade y por lo tanto cristiana debe de ser una tarea constante y excelente. Deberíamos cerrar nuestros ojos a lo superfluo y a lo que confunde. Hoy por hoy, muchos ajenos se están aprovechando de nuestras creencias y de nuestro buen hacer por el mantenimiento de una tradición cristiana y se mezclan entre nosotros sólo y exclusivamente para satisfacer orgullos e intereses económicos, amén de la búsqueda de un escaparate que les catapulte al poder que ejercerán siempre en beneficio de sus propios intereses. Muchos de los que llegan a nuestras cofradías hoy, son los mismos que desde un punto de vista nada acertado, instigan críticas sin piedad contra la Iglesia y contra los feligreses, con un criterio muy injusto.

Nuestras cofradías, afectadas en mayor o menor medida, por la carencia de los valores humanos que está sufriendo nuestra sociedad, tendrían que entender que los cambios que se dirijan para luchar contra la posible decadencia que pueda surgir, deben de estar en gran medida, enfocados a la formación y a una gran apuesta por la calidad cofrade más que por la cantidad. De nada vale el esfuerzo de un solo día, para el resto del año estar al margen no sólo de tu cofradía, sino también de la propia comunión eclesial.

Para terminar y como reflexión, pensad que los Hermanos de Jesús debemos de estar orgullosos de lo que somos y de lo que representamos. Debemos de estar orgullosos de que a nuestra cofradía, poco o nada le han afectado las modas pasajeras que nada tienen que ver con la espiritualidad ni con el recogimiento, que produce el acompañar al Nazareno por la calles de Úbeda la madrugada del Viernes Santo. Ser Hermano de Jesús, es algo más que vestirse de morado un Viernes Santo cualquiera; es ser el representante de una tradición que desde hace más de cuatrocientos años, ha sido el alivio de muchas almas que han visto en el Nazareno la luz que le ha alumbrado la vida.

Artículo para la revista Jesús, de la Cofradía de Jesús Nazareno de Úbeda.

viernes 27 de marzo de 2009

SI LO SÉ, NO ABRO



Parece que fue ayer, pero de aquel domingo que apuntaba tan alto a lo que esplendor se refiere, han pasado casi 20 años. En la vida hay anécdotas difícilmente olvidables, y más cuando las mismas vistas desde la distancia, resultan un tanto graciosas. Aquel domingo de abril, el cielo no podía estar más azul, y el brillo del Sol inundaba cualquier rincón del pueblo. Los sones de la magnífica banda de tambores y cornetas de una cofradía, alegraban la mañana y anunciaban a los ubetenses la buena nueva. El aire que transportaba los aromas de una primavera casi recién nacida, renovaba el ambiente de mi casa. Con celeridad, nos preparábamos para contemplar por las calles de este maravilloso pueblo, una bella imagen en procesión... ¡Qué bonito me ha quedado!

Por aquel entonces, vivíamos enfrente de la parroquial iglesia, y nuestro balcón en tiempos de Semana Santa, ejercía de maravilloso palco desde donde podíamos contemplar, las salidas de las cofradías que residen en este templo. Aquella mañana de domingo, cuando todo estaba dispuesto para que la cofradía iniciase su procesión, Yo desde mi balcón, me preparaba para embelesarme con tan maravilloso momento. En un instante oí que el timbre de mi casa sonaba con insistencia, y presto me dirigí a identificar al intruso que machacaba mi timbre con su dedo. Cuando cortésmente pregunte quién era, sorprendido descubrí que quien osaba llamar a mi puerta en tan intempestiva hora, era una bella señorita ataviada con el clásico traje de mantilla española, pidiendo por favor entrar en mi casa para utilizar el baño.

Por las muecas que hacía la señorita en cuestión, debía estar a punto de “reventar” y analizando después los hechos, así hubiese sido si no me pilla al hilo; digo, a mí no, a mi retrete. La muchacha con las prisas y con la idea de no quedarse en tierra, y partir acompañando la procesión en la hora justa, apenas tuvo tiempo de evacuar y subirse la ropa, dejando en mi casa un “mandao que pa que te cuento” Por aquel entonces no existía en el pueblo ningún camión de desatranque ni nada que se le parezca, así que podéis imaginar lo que pasó con aquella deposición (así en plan fino)

En fin que la susodicha mantilla se alivió lo suyo, a mí me jodió lo mío, y todos tan contentos. Así que cuando una mantilla llame a vuestra puerta, tened cuidado, y por si las moscas decid que el retrete está roto.