Política y religión

En los últimos tiempos estamos observando que un sector de la sociedad quiere ser el portavoz de una serie de valores de carácter ético y por tanto considerarse abanderado de todo lo que ellos llaman tradición, excluyendo con carácter general al resto de ciudadanos que no piensan de una misma forma.

El hecho de tener una idea política progresista para la mayoría de este grupo, significa la incompatibilidad de poder desarrollar políticas de carácter social en comunión con la Iglesia Católica. Es decir, ser cristiano es incompatible con ser de izquierdas.

Por ser un tema un tanto escabroso, creo que hay que analizarlo desde el respeto hacia los demás y no desde la confrontación. Ver fantasmas donde no los hay, entrar en polémica o quizás sentirse abanderado de la razón, no ayuda en absoluto a la comunión entre ciudadanos con distintas formas de pensar y que además pueden formar parte de una misma Iglesia.

Hay que dejar muy claro que, una idea política de progreso es totalmente compatible con ser cristiano, y sino, obras son amores y no buenas razones. Ser católico lo único que implica es ser católico. Ser español no es ninguna vergüenza. Lo que ocurre, es que lejos de comprometernos con nuestros propios pensamientos o con las corrientes que creemos más acertadas, nuestra actitud en la mayoría de los casos es la del buen aficionado taurino, o sea, ver los toros desde la barrera. Opinamos, creamos opinión, pero nunca pasamos a la acción. En muchos casos huimos de identificarnos como españoles o como cristianos, pues el autocalificarse de este modo puede crear algún tipo de compromiso social e incluso alguien nos puede pedir que rindamos cuentas. Dejamos que otros se apoderen de nuestra razón de ser, de nuestras ideas y que además las manipulen.

Los católicos estamos hartos de que nos califiquen con adjetivos peyorativos relacionados con la política, casi siempre de una forma extremista. Los que tenemos unas ideas de progreso y creemos en las políticas de carácter social, rehusamos a que nos cuelguen el cartel del antiespañoles.

Muchas veces, el problema lo tenemos dentro de casa. Me refiero a que distintos sectores de la Iglesia, mayoritariamente la jerarquía, así como de la política, se hacen dueños de ideas o corrientes muy extremistas. La Iglesia como ente y por la parte que nos toca, debería de intentar no parecer tan inaccesible. Las nuevas generaciones salvo excepciones, no ven atractivo alguno en la forma de funcionar de esta institución. La asistencia a los actos litúrgicos por parte del pueblo mas joven, cada día es más escasa.

Las actitudes afanosas de protagonismo tanto en política como en religión por parte de personas que en su vida las han visto más gordas, cortan el paso a toda innovación e incluso a cualquier corriente de aire fresco que pueda romper el enranciamiento de ideas. Los padres, somos los que debemos de formar en los auténticos valores cristianos y sociales a nuestros hijos, complementado la educación recibida en la docencia. Nuestro comportamiento como padres se verá reflejado el día de mañana en las actitudes de nuestros hijos. Por tanto, deberíamos transmitir a nuestras generaciones futuras, la tolerancia, el respeto a las ideas, el trabajo como virtud, el valor de la participación y el compromiso en la vida social. Debemos de enseñarles a huir de la hipocresía, de la vanidad, de la soberbia, a creer en la honradez y sobre todo a sentirse partícipes de nuestra sociedad, tanto para lo bueno como para lo peor.

Cuidado con el mentiroso

En ocasiones, la relación con personas que comparten una misma afición o pertenecen a alguna asociación, peña, cofradía, partido político, etc. deriva en la formación de un grupo de amigos. La amistad definida por el D.R.A.E. es afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato. Una vez germinado el grupo por alguien interesado en fomentar la amistad dentro del mismo, hay un periodo de tiempo en el que entran y salen personas de él, hasta que se consolida. Llegará a formarse un grupo en teoría sólido y casi inexpugnable.

Al principio esa relación de amistad se fortalece con el trabajo dedicado a objetivos comunes, casi siempre asociados a la idea o afición que lo formó. Surgen lazos de cariño cada vez más intensos y fuertes. Si estos lazos son sinceros pueden dar lugar a una relación sincera y duradera.

Desde que el mundo es mundo, toda virtud ha ido acompañada de su antagonista. Así, el amor siempre ha ido de la mano del odio; la admiración de la envidia; la humildad de la soberbia. Por tanto, toda relación de amistad entre semejantes debe de basarse en la compresión mutua, en el respeto y en el amor, cerrando las puertas a todo tipo de banalidad que pueda contaminar esa relación. Un grupo de amigos debe de ser lo mas homogéneo posible, pues las diferencias en la forma de pensar, en la cultura, en la educación recibida, podría abrirle la puerta a la envidia y al odio.

Hay situaciones en la que inesperadamente al grupo de amigos se incorpora un personaje que con apariencia de buena persona, poco a poco se gana la simpatía del resto. Casi siempre este personaje viene de romper con otros amigos. Suele ser una persona con algún tipo de complejo y además con un nivel cultural que deja un poco que desear. Correcto en las formas, es difícil detectar a primera vista sus intenciones, que no son otras que las de convertirse en el líder del grupo. Utiliza mil argucias y rápidamente detecta a las personas que le pueden hacer sombra para de alguna forma eliminarlas cuanto antes. El odio, la envidia, el egocentrismo, es su principal fuente de vida. La retórica en la forma de hablar y alguna habilidad que otra, las utiliza para que el resto del grupo lo estime como imprescindible.

Una vez tomada la confianza y es admitido por el resto de amigos, suele atisbar con cuidado para que ningún detalle destape su verdadera personalidad. Pasado el tiempo, se rodea de aliados que al final apoyan su cruzada contra la persona que él considera su rival más directo. Conseguido el objetivo, el personaje en cuestión suele actuar de víctima. La lágrima fácil siempre ha dado buenos resultados. Dar lástima otorga la sinrazón al que la provoca.

La victoria del mentiroso, no está en la destrucción del que él considera su enemigo, ya que no lo ha derrotado. El mentiroso no sabe que el verdadero enemigo está dentro de él. Sin embargo, ha sembrado una semilla muy peligrosa que a la larga y si no lo remedia nadie, dará fruto. Sus aliados son como los buitres, ávidos de carroña. Sus amigos no lo son, ya que han vendido su alma a la hipocresía, que es ahora la dueña de sus personas.

La “víctima” del mentiroso ha descubierto la falsa amistad, pero se ha reencontrado con la gente que en realidad nunca lo abandonó a pesar de sus defectos: su esposa, sus hijos, sus hermanos. Se ha vuelto a acordar de sus aficiones. Ha sentido el apoyo de personas que siempre lo apreciaron. La vida para su bien, le ha dado una lección que nunca olvidará.

Un día de aceituna

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Se aproxima la nueva campaña de recolección de aceituna. Las expectativas creadas son importantes ya que se espera un resultado excelente en cuanto a toneladas de aceite se refiere. En nuestra zona, la variedad de aceite más importante es el picual, extraído de aceitunas que reciben ese apelativo dado la curiosa forma de pico que tienen.

Mucho ha cambiado la forma de recolectar el fruto del olivo en nuestros días. La mecanización del sector, tanto en la recogida así como en la molturación de la aceituna, dista mucho de los métodos de antaño.

Los que vamos peinando algunas canas y hemos tenido la ocasión de echar algún día que otro en el tajo, recordaremos que la forma de recolectar de hace algún tiempo se hacía de una forma más humana, más familiar, más entrañable. Las cuadrillas estaban compuestas por personas que de alguna forma eran muy afines, sea por la proximidad de la vivienda, barrio o por la unión de lazos familiares. Era costumbre juntarse dos o más familias para la recolección, aportando cada una de ellas sus propios medios. El medio de transporte más utilizado era la acémila, formándose a la caída de la tarde grandes colas de mulos y borricos en las puertas de los molinos de aceite, para pesar la recolección del día. Los molinos en Úbeda eran mayoritariamente privados: Baltasar Lara, Gasón, Anguís…; aunque existían cooperativas de olivareros: El Molinillo, El Chaparral, Virgen de Guadalupe, La Carrera, etc.

La molturación se hacía de forma tradicional y consistía así explicado a grandes rasgos, en un proceso de machacar la aceituna en un molino de rodillos, para finalmente exprimir la masa resultante en unas prensas hidráulicas. En Úbeda, el sector olivarero era y es un motor importante para la economía. Grandes industrias metalúrgicas ya desaparecidas como Fuentes Cardona y Palacín, absorbían a un gran número de trabajadores de la ciudad, dedicándose éstas en un tanto por ciento muy elevado a la maquinaria propia del sector olivarero para la molturación de aceituna.

En el tajo, la recolección se vivía de una forma muy peculiar. Para empezar, el lugar de encuentro por la mañana temprano a eso de las siete, era en la casa del patrón, que en algunos casos y depende de la década, éste esperaba a los aceituneros con una buena sartén de migas. El traslado al tajo era en el coche de San Fernando, ya se sabe, un ratillo a pie y otro andando. Algunos tajos distaban bastantes kilómetros de Úbeda: las chozas, alcacopos, la dehesilla, el barranco del Carmen, etc.

Después de un largo trecho en el que La Luna era compañera de viaje y el aroma del hinojo se mezclaba con el aire frío de la madrugada, se llegaba al tajo con las primeras luces de la mañana. Lo primero que se hacía, era echar la lumbre para mitigar en la medida de lo posible el frío de esas madrugadas escarchadas de diciembre. En algunos casos, esa lumbre se aprovechaba para cocinar a duras penas, el trozo de tocino o chorizo que tan buen aroma dejaba.

La distribución del trabajo no era muy problemática. Los hombres a varear el olivo; las mujeres recogían las aceitunas que se habían caído al suelo en los días anteriores y la chiquillería a recoger las salteadas. En muchos tajos se encontraba la figura del abuelo, que dada su experiencia y longevidad y al no estar para muchos trotes, se dedicaba a contar algunos chistecillos de esos verdes y algunas historias de esas de la mili, con la idea de animar a la cuadrilla. Otra figura importante era la del cribonero; este señor se encargaba de cribar la aceituna para que llegase al molino lo más limpia posible. Cuando el cribonero no tenía mucho tajo, se dedicaba a alimentar la lumbre para que los aceituneros no pasasen frío.

¡PLEITA! Con voz potente y altanera, reclamaba el manijero los servicios del cribonero cuando se terminaba de varear un olivo y el rendimiento era considerable; entonces se procedía al desalojo de la aceituna que había en los mantones. Así y de este modo, se pasaba la mañana hasta que llegaba la hora de destapar las barjas. Solía ser sobre las dos de la tarde, momento que el manijero aprovechaba para contar los capachos de aceituna que estaban llenos. La comida que se llevaba al tajo se solía preparar la noche antes. Boquerones o patatas con tomate, tortilla de patatas, costillas en adobo, pisto, garbanzos mareados, bien con cebolla o con tomate, coliflor frita, etc. Todo esto, bien acompañado con un buen trozo de pan de entonces de Melchor Quero y regado con un poco vino de ese del país. De postre una buena alcachofa cruda o pan con aceitunas.

Después de comer se echaba otro rato de trabajo hasta las cinco de la tarde. A continuación se recogía toda “la maquinaria” y los aceituneros prestos se encaminaban hacia sus hogares. Naturalmente el camino de regreso se hacía de la misma forma que por la mañana. Las veredas y caminos eran bastante concurridos. Los aceituneros más atrevidos esbozaban su canto, emulando a Pepe Marchena, Juanito Valderrama, Rafael Farina, etc. La llegada al pueblo se producía con el alumbrado público en pleno funcionamiento, casi anocheciendo. Todo el mundo se recogía en sus casas para preparar la próxima jornada, que como poco sería tan dura como la anterior.