Un día de aceituna

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Se aproxima la nueva campaña de recolección de aceituna. Las expectativas creadas son importantes ya que se espera un resultado excelente en cuanto a toneladas de aceite se refiere. En nuestra zona, la variedad de aceite más importante es el picual, extraído de aceitunas que reciben ese apelativo dado la curiosa forma de pico que tienen.

Mucho ha cambiado la forma de recolectar el fruto del olivo en nuestros días. La mecanización del sector, tanto en la recogida así como en la molturación de la aceituna, dista mucho de los métodos de antaño.

Los que vamos peinando algunas canas y hemos tenido la ocasión de echar algún día que otro en el tajo, recordaremos que la forma de recolectar de hace algún tiempo se hacía de una forma más humana, más familiar, más entrañable. Las cuadrillas estaban compuestas por personas que de alguna forma eran muy afines, sea por la proximidad de la vivienda, barrio o por la unión de lazos familiares. Era costumbre juntarse dos o más familias para la recolección, aportando cada una de ellas sus propios medios. El medio de transporte más utilizado era la acémila, formándose a la caída de la tarde grandes colas de mulos y borricos en las puertas de los molinos de aceite, para pesar la recolección del día. Los molinos en Úbeda eran mayoritariamente privados: Baltasar Lara, Gasón, Anguís…; aunque existían cooperativas de olivareros: El Molinillo, El Chaparral, Virgen de Guadalupe, La Carrera, etc.

La molturación se hacía de forma tradicional y consistía así explicado a grandes rasgos, en un proceso de machacar la aceituna en un molino de rodillos, para finalmente exprimir la masa resultante en unas prensas hidráulicas. En Úbeda, el sector olivarero era y es un motor importante para la economía. Grandes industrias metalúrgicas ya desaparecidas como Fuentes Cardona y Palacín, absorbían a un gran número de trabajadores de la ciudad, dedicándose éstas en un tanto por ciento muy elevado a la maquinaria propia del sector olivarero para la molturación de aceituna.

En el tajo, la recolección se vivía de una forma muy peculiar. Para empezar, el lugar de encuentro por la mañana temprano a eso de las siete, era en la casa del patrón, que en algunos casos y depende de la década, éste esperaba a los aceituneros con una buena sartén de migas. El traslado al tajo era en el coche de San Fernando, ya se sabe, un ratillo a pie y otro andando. Algunos tajos distaban bastantes kilómetros de Úbeda: las chozas, alcacopos, la dehesilla, el barranco del Carmen, etc.

Después de un largo trecho en el que La Luna era compañera de viaje y el aroma del hinojo se mezclaba con el aire frío de la madrugada, se llegaba al tajo con las primeras luces de la mañana. Lo primero que se hacía, era echar la lumbre para mitigar en la medida de lo posible el frío de esas madrugadas escarchadas de diciembre. En algunos casos, esa lumbre se aprovechaba para cocinar a duras penas, el trozo de tocino o chorizo que tan buen aroma dejaba.

La distribución del trabajo no era muy problemática. Los hombres a varear el olivo; las mujeres recogían las aceitunas que se habían caído al suelo en los días anteriores y la chiquillería a recoger las salteadas. En muchos tajos se encontraba la figura del abuelo, que dada su experiencia y longevidad y al no estar para muchos trotes, se dedicaba a contar algunos chistecillos de esos verdes y algunas historias de esas de la mili, con la idea de animar a la cuadrilla. Otra figura importante era la del cribonero; este señor se encargaba de cribar la aceituna para que llegase al molino lo más limpia posible. Cuando el cribonero no tenía mucho tajo, se dedicaba a alimentar la lumbre para que los aceituneros no pasasen frío.

¡PLEITA! Con voz potente y altanera, reclamaba el manijero los servicios del cribonero cuando se terminaba de varear un olivo y el rendimiento era considerable; entonces se procedía al desalojo de la aceituna que había en los mantones. Así y de este modo, se pasaba la mañana hasta que llegaba la hora de destapar las barjas. Solía ser sobre las dos de la tarde, momento que el manijero aprovechaba para contar los capachos de aceituna que estaban llenos. La comida que se llevaba al tajo se solía preparar la noche antes. Boquerones o patatas con tomate, tortilla de patatas, costillas en adobo, pisto, garbanzos mareados, bien con cebolla o con tomate, coliflor frita, etc. Todo esto, bien acompañado con un buen trozo de pan de entonces de Melchor Quero y regado con un poco vino de ese del país. De postre una buena alcachofa cruda o pan con aceitunas.

Después de comer se echaba otro rato de trabajo hasta las cinco de la tarde. A continuación se recogía toda “la maquinaria” y los aceituneros prestos se encaminaban hacia sus hogares. Naturalmente el camino de regreso se hacía de la misma forma que por la mañana. Las veredas y caminos eran bastante concurridos. Los aceituneros más atrevidos esbozaban su canto, emulando a Pepe Marchena, Juanito Valderrama, Rafael Farina, etc. La llegada al pueblo se producía con el alumbrado público en pleno funcionamiento, casi anocheciendo. Todo el mundo se recogía en sus casas para preparar la próxima jornada, que como poco sería tan dura como la anterior.