El mechero del sastre

Existía en Úbeda un sastre que aunque en su profesión fuese un gran hacedor, ésa no era su mayor virtud. Era una persona que a grandes rasgos se podría calificar de buena. Tuve la gran suerte de conocerla y de vivir gratas experiencias dentro de una institución a la cual él amaba. Se trata de la Cofradía del Santísimo Cristo de la Humildad, la misma que llevó en su corazón hasta que Nuestro Señor vino a buscarlo un día antes del estío. Sin duda que El Cristo que él tanto quería lo tendrá cerca.

Recuerdo un día de otoño, cuando estábamos en plena faena de feria de San Miguel en una caseta que nuestra Cofradía habilitó para así recoger algunos ingresos extras, me acerqué al Sastre y le di un abrazo de esos que a veces te cortan la respiración. La fatalidad fue, que mi gran amigo tenía en el bolsillo de la camisa un mechero, que al apretón se le clavó un poquito en el pecho, causándole un poco de daño. Dado que su complexión no era muy fuerte, él, decía que posiblemente se le había desprendido un poco la carne. Tanta fue mi preocupación, que al día siguiente en cuanto le vi, lo primero que hice fue preguntarle qué cómo estaba y con voz un poco lastimosa le pedí perdón. Mi sorpresa fue que se quedó mirándome, con esa sonrisa que solía tener siempre y me dijo con el tono de voz que le caracterizaba:

- Barrionuevo no te preocupes que tú no has sido, ha sido el mechero.

Desde aquel momento, a todo el que le preguntaba por el hecho, le explicaba:

- Es que como me quieren tanto estos chiquillos y me dan esos abrazos, pues Barrionuevo me ha dado un apretón; y yo que tenía el mechero en el bolsillo de la camisa, se me ha “incao” en el pecho y me ha hecho un poco de daño. Pero él no ha sido; ha sido el mechero.

El sastre se llamaba Cristóbal, y cuando se marchó se llevó mucho cariño.

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