El mortero

Hace algún tiempo, a un grupo de cofrades se nos ocurrió adecentar la capilla de Nuestro Cristo, más concretamente el de la Humildad. Como el presupuesto no era muy boyante, tuvimos que recurrir a nuestros propios medios.

Siendo todos los que colaboramos buenos padres de familia y buenos trabajadores, la faena para tal asunto la teníamos que dejar para después de las oraciones, (cuando yo era chico y me salía a la calle a jugar, le preguntaba a mi madre, ¿cuándo vengo? a lo que mi madre respondía ¡a las oraciones! esto es no más tarde de las ocho y media o nueve de la noche). Hay que decir que el “proyecto” estuvo dirigido por uno de los mejores “arquitectos” de la ciudad, asistido en todo momento por una cuadrilla de lo mejor, en cuanto al manejo de ladrillo y hormigón se refiere, como no podía ser de otra forma.

Una noche, bien entrada la misma, dio la casualidad que en la calle Cervantes, justo al lado de la Puerta de los Carpinteros teníamos en plena construcción un mortero de hormigón, de esos que no se lo salta un galgo. En un momento, se nos acercó un transeúnte, que por la forma de hablar y andar, se nos figuró a todos que el índice de alcohol en sangre superaba un poco los límites establecidos; es decir que tenía una chispa bastante simpática. El aspecto del sujeto también era un tanto original, pues lucía una barba que ni Charlton Heston en la película de los Diez Mandamientos.

El motivo de la conversación entre el citado transeúnte y nuestro grupo de “albañiles”, no fue otro que el interés del extraño por la ubicación de cierto bar de copas que hacía sus servicios por allí cerca. Tras las indicaciones oportunas por parte del grupo, el transeúnte hizo el amago de marcharse. No anduvo dos o tres pasos, cuando se dio media vuelta y un tanto extrañado así decía:

-Perdonad; ustedes dirán que a mí que me importa, pero... ¿Qué cojones hacéis en la puerta de una iglesia, a las doce de la noche con ese pedazo de mortero?

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