Los marranos

Un grupo de amigos, tenía por costumbre dedicar las primeras y frescas horas de la mañana, a dar un paseo. El mismo, y dado que el pueblo en el que vivían era más bien pequeño, éste se solía hacer por el campo. Durante el paseo, los componentes del grupo suscitaban un tema de carácter cotidiano y variopinto, en el cual cada uno esbozaba sus opiniones según criterios e ideas propias, haciendo del mencionado paseo un evento dinámico y agradable.

Un día, el debate propuesto fue la política. Dado el carácter apasionado que solemos tener los andaluces, la tertulia tomó tintes un tanto intensos, y el hablar con tono elevado de los amigos, hacía que la conversación profundizara en la distancia.

A un porquero que merodeaba por los aledaños del camino tomado por los tertulianos, la conversación que tan vigorosamente llevaban los amigos, no le pasó desapercibida. Cuando la cuadrilla de andantes hubo llegado a la altura de la piara, el guarda de la manada se hizo presente, y con un gesto un tanto altivo se dirigió a los paseantes en estos términos.

-Buenos días señores. No he podido evitar escuchar la conversación que con tanta energía vienen desarrollando a lo largo del camino. Perdonen ustedes si me entrometo, pero creo que acierto si les digo que no saben de política mucho más que mis cerdos.

Los amigos, un tanto extrañados y molestos por la actitud del joven porquero, no tardaron mucho en dar réplica al muchacho y pedirle explicaciones de lo expuesto verbalmente por éste. El porquero, a pesar de su juventud, aparentaba madurez y sapiencia. Inmediatamente supo calmar los ánimos y dio la siguiente explicación:

-Señores, nunca ha estado en mi ánimo el ofenderles, pero viendo el cariz que estaba tomando el debate que tenían, he querido interrumpirlo para demostrarles que la política no es más que un conjunto de intereses e ideas, que el que las desarrolla las utiliza para acaparar poder y beneficios económicos. Lógicamente, el político que no puede hincarle el diente al pastel, fomenta la crispación, el descontento, el desanimo, etc. En definitiva hacer ruido hasta que las tornas cambien.

-Para que ustedes comprendan mi tesis, les voy a poner un ejemplo, en el que mis cerdos serán los protagonistas.

El joven porquero, aprovechando la cercanía de un pequeño corral, dividió la manada en dos. A la mitad de la manada la agasajó con bastantes bellotas, dejando a la otra mitad, poco menos que sin nada que llevarse al hocico. Los marranos que plácidamente pastaban con las bellotas proporcionadas por el porquero, prácticamente ni se les oía. Su misión era comer y que los componentes del otro grupo comieran o no, les daba lo mismo.

Amigos, los marranos que disfrutaban de hambre, no había forma de callarlos. El griterío era ensordecedor. Lamentablemente la imagen y la actitud que nos demuestran nuestros representantes políticos en ocasiones, se parece a la de los marranos de la historia. Otro gallo nos cantaría si en vez de pensar en derribar al contrario, nuestros regidores se dedicaran a resolver los problemas de la sociedad, que para eso se les paga.

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