El gran difamador

Hay veces en las que hablar con ciertas personas me produce urticaria, arritmias y hasta dolor de estómago. Sin duda, la sensación se debe a la desconfianza que genera en mí, ese tipo de sujetos que, aunque sea objetivo de sus parabienes, el puñal se lo veo desde lejos y sé que lo utiliza contra mí y por la espalda. En el momento que la conversación fluye, me pregunto cómo semejante esperpento me puede contar sus milongas mirándome a los ojos sin ningún tipo de remordimiento, siendo consciente de que en otros lares no ha dejado títere con cabeza, en lo que a mi reputación se refiere. La verdad, es que tengo que esforzarme para ser correcto y no gritarle en ese momento haciendo caso a mi subconsciente “menudo hijo de puta” me callaré y en mis momentos de soledad y reflexión, haré lo que dice mi Maestro.

La mala fama, que tiene su alimento propio en esta sociedad tan convulsa, tan falta de valores, es la mejor parcela donde el Gran Difamador tiene sus apoyos para proclamar a los cuatro vientos sus mentiras y sus farsas, que a buen seguro serán escuchadas y difundidas por la chusma que nos acompaña por estos caminos de Satanás. Detrás de cada arbitrariedad, siempre hay un mal consejero, que con toda la intención ha alimentado la frustración, y apoyándose en la debilidad mental de cada una de sus víctimas, construye toda una trama que de alguna forma le beneficia. Después es fácil aparecer como el amigo incondicional y tener la caradura de mostrarse como el primer sorprendido. Otras veces se puede apoyar la injusticia, omitiendo conocimientos o actuando de una forma neutral. Tanto mentiroso me pone enfermo. Tanto juez me produce rabia e impotencia. Tanto pasota me asquea. Tanto bufón, lo que menos genera en mí, es risa. Tanto cómico absurdo me incita al desprecio. Lo que no entenderé nunca es, que siendo conscientes del talante del sujeto, todavía haya gente que le dé gorrazos. ¡Algo tendrá el agua cuando la bendicen!

Otro personaje que puede acompañar al Gran Difamador es el correveidile. Importante baranda en la que se apoyan los opresores; éste no se esfuerza en absoluto en disimular sus intenciones; vive de eso; y es tan pueril que a veces causa lástima, pues su calidad de persona está a la altura de la zapatilla de un torero (claro que de los de abajo en el escalafón).

En base a lo expuesto, queda patente que adivinar dónde está el amigo o el enemigo, en quién o quienes puedes confiar o no, puede ser una labor un tanto ardua. La generosidad en el calificativo de amistad, dado que fonéticamente suena de maravilla, se emplea con bastante asiduidad, pero en la mayoría de los casos de una forma trivial y arbitraria. El amigo circunstancial, lo tienes a tu disposición o él a ti, en cuanto no haya por medio más que intereses baladíes, que generen sólo y exclusivamente compromisos momentáneos y no muy difíciles de digerir.

En ningún caso, mis pretensiones son las de hacer una oda a la amistad, ya que considero que este tema está un tanto manido y sería fácil caer en hipocresías absurdas, máxime cuando lo que quiero denunciar es la cantidad de morralla que se esconde detrás de ese escudo tan socorrido (amigo o compañero) y que es empleado como arma arrojadiza acompañado de odios y envidias.

2 comentarios:

Medina dijo...

Dicen que mal de muchos, consuelo de tontos. Por eso en estos casos hay que andarse listo y saber escoger la semilla de la que nacerá buen fruto. Aunque en todo esto, muchas veces el azar nos juegue malas pasadas.

Un abrazo.

Jose Ruiz Quesada dijo...

Muy cierto en lo que expresas, a veces los amigos que te crees, no lo son tanto. En ti, veo que te han hecho daño y de ahí tú reflexión.
Un abrazo amigo.

PD. ¿cómo has metido música en tu blog?..., me lo puedes explicar en mi correo : joruque53@hotmail.com.
Otra cosa, ¿quieres hacer un artículo para la revista de Jesús del próximo año?.
Gracias anticipadas, cuándo lo tengas me lo mandas al mismo correo.