Andalucía en el corazón

Llevaría al extremo más irracional y a la máxima radicalidad, si pensase en el hecho de que porque un energúmeno al parecer algo perturbado y con antecedentes penales, haya querido marcar la Diada de Cataluña con el ataque a la residencia de los Duques de Lugo, que todos los catalanes son de la misma calaña. Lo mismo que pienso, que muchos ciudadanos de los que pasan sus días en aquella región, caminan a años luz de los respetables pensamientos ideológicos del vicepresidente de La Generalitat Sr. Carod-Rovira, que creo que nada tienen que ver hoy ni con la realidad catalana ni con la de España. Tampoco creo, que porque unos cuantos ingratos catalanes o catalanizados –los peores- de baja estirpe, desconocedores tal vez, o incapaces de reconocer la influencia del pueblo andaluz en el desarrollo social y económico de Cataluña, nos miren a los que hemos nacido en esta maravillosa tierra que es Andalucía por encima del hombro, haya que considerar al pueblo catalán como enemigo.

La sana envidia nos puede llevar a no entender ciertas reivindicaciones catalanistas, en todo caso como todo en la vida discutibles, y ver cómo en algunas materias la prosperidad del pueblo andaluz queda mermada, quizás por estar muy ligada a un sector cada día más frágil como entiendo que es la agricultura y a un fluctuante sector como puede ser el turismo.

Hace tiempo, tuve la desgraciada oportunidad de comprobar cómo el término andaluz, era utilizado como peyorativo por ciertos especímenes desconocedores de la realidad de un pueblo como el nuestro. Andaluz y vago, para muchos de los mierdas que se atreven a mirarnos por encima del hombro, son sinónimos muy arraigados. Encuentro cierta justificación y puedo perdonar, cuando el insulto llega de unos pobres indocumentados, quizá mal asesorados, quizá con algún tipo de minusvalía psíquica. Lo que nunca llegaré a entender son los derrotismos infrahumanos, sórdidos, mezquinos, de los propios integrantes de un pueblo –no merecedores de ser andaluces- que aunque han prosperado aquí, no han sabido o no han querido integrarse en nuestra idiosincrasia, quizá por sentirse acomplejados, quizá porque se ajustan al dicho de “ni sirvas a quien sirvió, ni pidas a quien pidió”.

El folklore de cada región, que en Andalucía por el propio carácter es exacerbado, posiblemente da una imagen un poco impropia de la realidad del pueblo andaluz. No sólo es pachanga, flamenqueo, toros y fiesta –por otro lado saludables- lo que hay de despeñaperros para abajo. La incultura del anormal que se atreve a insultar a un pueblo, posiblemente ha oído hablar -o no- de Juan Ramón Jiménez, José María Pemán, Luis de Góngora, Antonio Machado, Gustavo Adolfo Bécquer, Federico García Lorca, Manuel Altolaguirre, Rafael Alberti, Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, María Zambrano, Manuel de Falla, Andrés Segovia, Alonso Cano, Pablo Picasso, Julio Romero de Torres, Antonio Muñoz Molina, Joaquín Sabina, Antonio Banderas, todos ellos andaluces ilustres que han derramado cultura por los rincones del universo, amén de otros andaluces tan ilustres como anónimos –los de la barja y fiambrera- que han hecho grandes otros pueblos con su sudor y algunas veces en precarias condiciones.

Ser andaluz no es un defecto, cuanto menos una deshonra, pues es el andalucismo es una forma de vivir, una forma de entender la vida. El que reniega de su pueblo, lo que podría plantearse es salir de él, pero dejando todo lo que éste le ha dado. El que nos compara con otros pueblos más prósperos para sacar a la pata la llana todos nuestros defectos que son los suyos, descartándose del grupo, es un hipócrita. El que reniega de sus raíces reniega de sí mismo.

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