Un juez llamado tiempo

El tiempo, que a veces es el aliado perfecto, otras muchas se muestra como el peor de nuestros enemigos. Tiene la virtud de colocar las cosas en su sitio, de destapar injusticias e incluso de ejercer como el mejor de los terapeutas cerrando las heridas de la infamia.

Cuando actúa de aliado, tiene como compañero al olvido, dejando descansar en el sueño de los justos muchas de las peripecias que nos han sucedido a lo largo de nuestra existencia, aunque recemos para que nuestras miserias no sean recordadas por algún sujeto que nos quiera poner en un compromiso incómodo.

Aunque la justicia -no hay mayor justicia que la verdad- la queramos ver lo antes posible y a veces nuestra desesperación alcance cotas abismales e incluso desesperantes, hay que tener como aliada a la paciencia, virtud que se lleva muy bien con el tiempo.

La historia -otro aliado- no se escribe en el momento, sino con perspectiva y con imparcialidad; en ese plano, los justos e injustos serán tratados con firmeza por mediando el valor de sus obras. El tiempo destapará nuestra incoherencia, mostrará a los que nos creen conocer bien nuestras limitaciones, a veces tapadas por la soberbia que nos corrompe. Cuando hemos vendido humo y nos hemos apoyado en la mentira, el tiempo actuará de juez implacable. Cuando nos hemos dedicado a destruir a los demás movidos por la envidia creada por el influjo de terceras personas a consecuencia de nuestra debilidad mental y por no saber aceptar nuestros complejos, el tiempo nos dedicará una amarga oda, pues el que yerra en conciencia lo seguirá haciendo hasta que se le vea el rabo.

El tiempo, apoyado en los justos, nos dará la recompensa nuestros desvelos, por la lucha en pro de un mundo mejor. Será testigo de nuestro justo caminar y de nuestro amor reflejado en las buenas obras. Con su paso, llegará el día en el que recojamos la cosecha de las semillas que hayamos dejado por nuestro camino; amor si éstas eran de amor, tempestad si las mismas eran de odio.

El inclemente paso del tiempo, paliará en nuestro corazón el dolor por la pérdida del ser querido, aunque a la vez agudizará la herida de la ausencia.

Aunque en nuestro afán por controlar lo incontrolable lo hemos intentado, lo único que hemos conseguido del tiempo ha sido medirlo, si bien nuestro estado de conciencia nos ha permitido en ocasiones alargarlo. Lo medimos con impaciencia cuando esperamos, y se nos va álgido cuando disfrutamos de la felicidad. Mirar hacia atrás en él, provoca nostalgia de los momentos felices, amargura de los tristes, pero nunca indiferencia.

Somos esclavos de su presencia y dependientes de su paso. Nos cultivará y nos infundirá personalidad. Nos dará fama, o nos ocultará en el anonimato. Sin embargo, si tengo que elegir prefiero este último a la mala fama.

No hay comentarios: