La vida sigue igual

Una afición que heredé de mi padre, fue la de leer a Félix María Samaniego, un escritor laguardiense, que en el siglo XVIII, se hizo famoso por sus fábulas. Samaniego hace de sus fábulas una sátira social, orientada a la crítica de hábitos y actitudes de dudosa moral. Todas sus fábulas están escritas en verso, lo que hace que su lectura sea sencilla, amena y agradable.

La realidad social que se refleja en las composiciones de Samaniego, no difieren en absoluto de la realidad social de nuestros días, e incluso de la realidad social de los tiempos de Esopo (fabulista griego del siglo VII a C.) autor que reescribiera Samaniego en su obra. La maldad, la codicia, la falsedad, la opulencia, la envidia, la soberbia y un largo etcétera de defectos humanos, resaltan en las fábulas de Samaniego, junto con la bondad y la ingenuidad del ser humano más noble (en este caso animal) que termina por dar ejemplo de dignidad y mesura. Lamentablemente, la vida sigue igual. Todo esto me hace pensar que la existencia es un ciclo. Pasamos por ella casi siempre con más pena que gloria, luchando en los innumerables de campos de batalla que se nos presentan y cuando llega la hora de nuestro ocaso, en la mayoría de los casos nuestras virtudes se irán con nosotros, nuestras buenas obras se olvidarán y lo único que quedará será algún epitafio escrito seguramente por el mayor de nuestros enemigos.

Mucho me temo que cada vez queda menos gente, que se mueva sin ningún tipo de interés. Lo podemos comprobar diariamente en cualquier ámbito: político, social, religioso... Cargos que a primera vista se pueden presentar como honoríficos o altruistas, y en realidad esconden un nivel de lucro mareante en algunos casos. Por lo tanto, es fácil de entender (que no de comprender) toda la guerra mediática que se emplea hoy por hoy, en muchos rincones de nuestra sociedad.

Después de más de cuatro décadas y algún palo que otro, a la conclusión que he llegado es que: Los amigos los puedes contar con los dedos de una mano si es que tienes suerte, que los fantasmas no están en los castillos, que nuestras madres son muy santas y que la lotería le toca a los demás. Os dejo una fábula de mi admirado Samaniego.

La mariposa y el caracol.

Aunque te haya elevado la fortuna
desde el polvo a los cuernos de la luna,
si hablas, Fabio, al humilde con desprecio
tanto como eres grande serás necio.
¡Qué! ¿Te irritas? ¿Te ofende mi lenguaje?
«No se habla de ese modo a un personaje.»
Pues haz cuenta, señor, que no me oíste,
y escucha a un Caracol. Vaya de chiste.
En un bello jardín, cierta mañana,
se puso muy ufana sobre la blanca rosa
una recién nacida Mariposa.
El sol resplandeciente
desde su claro oriente los rayos esparcía;
ella, a su luz, las alas extendía,
sólo porque envidiasen sus colores
manchadas aves y pintadas flores.
Esta vana, preciada de belleza,
al volver la cabeza,
vio muy cerca de sí, sobre una rama,
a un pardo Caracol. La bella dama,
irritada, exclamó: «¿Cómo, grosero,
a mi lado te acercas? Jardinero,
¿De qué sirve que tengas con cuidado
el jardín cultivado,
y guarde tu desvelo
la rica fruta del rigor del hielo,
y los tiernos botones de las plantas,
si ensucia y come todo cuanto plantas
este vil Caracol de baja esfera?
O mátale al instante, o vaya fuera.»
«Quien ahora te oyese,
si no te conociese,
respondió el Caracol, en mi conciencia,
que pudiera temblar en tu presencia.
Mas dime, miserable criatura,
que acabas de salir de la basura,
¿Puedes negar que aún no hace cuatro días
que gustosa solías
como humilde reptil andar conmigo,
y yo te hacía honor en ser tu amigo?
¿No es también evidente
que eres por línea recta descendiente
de las orugas, pobres hilanderos,
que, mirándose en cueros,
de sus tripas hilaban y tejían
un fardo, en que el invierno se metían,
como tú te has metido,
y aún no hace cuatro días que has salido?
Pues si éste fue tu origen y tu casa;
¿Por qué tu ventolera se propasa
a despreciar a un caracol honrado?»
El que tiene de vidrio su tejado,
esto logra de bueno
con tirar las pedradas al ajeno.

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