Hermoso San Sebastián

Incapalicos, daba nombre a una pequeña aldea ubicada entre la falda de dos montañas, cuyas cumbres rara vez se encontraban expeditas de la blanca nieve. Allí entre granados, un cansado hortelano, ya mayor, Jaime que así se hacía llamar, cuidaba de su pequeña huerta, la cual le ayudaba al sustento de la familia con la hortaliza que recogía para luego vender en el mercado del pueblo.

No muy lejos del poblado se ubicaba un pequeño monasterio adornado por una fastuosa torre, en la que se guardaban unas vetustas campanas que inundaban con su bronco sonido todo el valle; bien para marcar el paso del tiempo tan lento en aquel lugar, o bien para llamar a los fieles a que acudieran a los cultos diarios.

Adyacente al campanario se hallaba una pequeña iglesia dedicada al culto del Patrón de la aldea, que no era otro que San Sebastián; pues gracias a las invocaciones que les hicieron los habitantes del lugar en tiempos en que la enfermedad de la peste se cebó con ellos, ésta fue erradicada atribuyendo el hecho a un milagro del Santo Mártir.

Por circunstancias que se desconocen, la hornacina donde se debería de encontrar la Imagen del Santo llevaba algunos años vacía, estando entre los proyectos de las religiosas del monasterio ocuparla lo antes posible con una nueva escultura.

Las monjitas tenían por costumbre pasear con las primeras luces del alba por las estrechas veredas del lugar, paseo que a su vez dedicaban a la reflexión y a la oración, entresacando algunas lecturas de un viejo breviarium que siempre les acompañaba.

Una de las veredas por las que transitaban a menudo, pasaba por las inmediaciones de la huerta de Jaime. Un día muy de mañana, ocurrió que el hortelano aprovechando el frescor del amanecer, se dispuso a cortar el tronco de un viejo granado al cual difícilmente le vio fruto alguna vez. En esos instantes, las monjitas disfrutando de su matinal paseo, se encontraron de bruces con la faena que tenía ocupado al noble hortelano. Las hermanas al ver el hermoso tronco en el suelo y acordándose de inmediato del vacío que había en la hornacina de San Sebastián, prestas le preguntaron a Jaime si de alguna forma podían disponer de una parte del tronco, para realizar una escultura que reflejara la Imagen del Patrón del pueblo, para colocarla a su vez en la hornacina que tiempos atrás había sido ocupada por el mismo. Jaime, haciendo gala de su nobleza y comprensión, accedió a la petición de las monjitas, aunque se reservó un trozo de madera del tronco para fabricarle un pesebre a su burro.

Pasaba el tiempo y con él llegó un frío mes de enero. En los primeros días del nuevo año, la nueva Imagen de San Sebastián fue una realidad. Una magnífica escultura sacada de aquel viejo granado, se convirtió en el San Sebastián que el pueblo de Incapalicos tanto añoraba. Colocado éste en la hornacina que supo esperar con paciencia el regreso de su Santo, acudieron al lugar excelsas autoridades para contemplar in situ la bella Imagen del Patrón del pueblo. Tuvo lugar una pomposa procesión en la que escoltaron al Santo autoridades venidas de todos los rincones del universo; música y pólvora que hallaban su réplica en el eco de las montañas que jalonaban el pueblo, hicieron las delicias de los devotos del Santo Mártir. Por la noche, una grandiosa verbena animó a los incapaliqueños con sus bailes y con una fuente de vino del país que se instaló en el centro de la plaza. Soltaron reses bravas para que los mocicos y otros que no lo eran tanto, demostraran su valor y destreza delante de los bichos…

No tardaron los devotos de San Sebastián en atribuirle a éste los primeros milagros. Las gentes de los alrededores se hicieron eco de la noticia y ésta fue cundida llegando la misma hasta los oídos de las gentes más insospechadas. Pronto los caminos y veredas de Incapalicos se convirtieron en el camino de muchos peregrinos que acudían a dedicarle sus rezos al milagroso Santo a la espera de algún favor.

Soledad, que así se llamaba la esposa de Jaime el hortelano, pronto se hizo devota del Patrón del pueblo, siendo ésta una de las que más iniciativas tomaba a favor del culto al Santo. Soledad, observó que su marido no se inquietaba mucho por las leyendas y milagros que se atribuían al nuevo San Sebastián. Llena de curiosidad preguntó a Jaime el porqué de su incredulidad, e insistía una y otra vez recomendándole al esposo, que se llegara a ver a la milagrosa Imagen, volviendo a insistir ésta, que era muy milagrosa.

Ya se sabe de antiguo que dos tetas tiran más que dos carretas; no ajeno a esto, Jaime harto de escuchar la insistencia de su esposa, aprovechando el viaje al pueblo para vender la hortaliza recolectada, una vez terminada la faena y acompañado de su burro, se acercó a la iglesia del Patrón. Delante de la bella Imagen alumbrada ésta por los cientos de luminarias que le habían dedicado los devotos, Jaime un tanto asombrado, sosteniendo su boina entre sus manos entrelazadas dedicó una oración al milagroso que así decía:

Hermoso San Sebastián,
que del pesebre de mi burro
eres hermano carnal.
En mi huerto te criaste.
Fruto no te conocí.
Los milagros que tú hagas
¡Qué me los cuenten a mí!

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