Bla, bla, bla...

Algunas veces me gustaría estar dentro del corazón de las personas, sobre todo cuando aprovechando ciertas coyunturas lanzan discursos confortadores y atiborrados de elocuencia, por supuesto creando opinión en corazones vulnerables, posiblemente alentados por una especie de protagonismo exacerbado, intentando sensibilizar a las masas, cargando las tintas contra posibles culpables y no mencionando a otros potencialmente tan culpables o más. Gestionar las desgracias ajenas es un arte que a mucha gente le ha ido bien, además de sacar suculenta tajada. Ahora en las fechas que se avecinan, los papagayos de turno han preparado bonitos discursos que les servirán para lavar conciencias, que evitarán a su vez que se les atragante el mazapán. Otros, maldiciendo a los que ayudan o intentan poner soluciones en la mesa para paliar las desgracias, se corrompen por la envidia al no ser ellos los protagonistas, para poder apuntarse los tantos pertinentes, actuando como buitres para convertir la proclama en votos que le aseguren el sueldo durante unos cuantos años. La búsqueda inútil de culpables a los que atribuir tanta ignominia, a estas alturas tiene poco sentido y generaría pocas soluciones. Mirar al pasado buscando un porqué es una infructuosa tarea que, además de no servir para nada, crea confrontación y al final genera poca ayuda.

Pero al fin y al cabo no debemos de preocuparnos en exceso; pronto se irán estos incómodos vecinos y como mucho volveremos a sentir la compasión desde la distancia, al escuchar en los medios de información la llegada de pateras una y otra vez. Nos queda un año para proponernos ser mejores e incentivar políticas de ayuda que de alguna forma eviten la llegada hasta los umbrales más cercanos, cuando nos planteemos sacar de nuevo las guirnaldas y el espumillón, de esta oleada de miseria que de alguna forma nos demuestra y nos echa en cara nuestra hipocresía y nuestro egoísmo.

Lo peor de todo es que relacionamos el color de la piel con la miseria, y cuando vemos marchar al inmigrante respiramos profundamente pensando que con él se ha ido la injusticia, o por lo menos de nuestro entorno más cercano ¡Craso error!. La injusticia sigue a nuestro lado, la pobreza se barrunta muy cerca; lo que ocurre es que de alguna forma se esconde dentro de las paredes del hogar y muy pocas veces el orgullo y la vergüenza deja ver las penurias que pueden estar pasando nuestros vecinos. No siempre se trata de alimento. No siempre se trata del estrecho sueldo que por más que se estira no llega. Cuántas personas necesitan compañía, apoyo, cariño y aliento para seguir viviendo. Enjuagamos nuestra conciencia con remedios tan institucionales como fríos, también echando la mirada hacia otro lado y siempre, siempre tienen la culpa los demás.

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