Paisajes de amor

Paisajes

Desde hace unos días, en un privilegiado lugar de mi humilde sala de estar, cuelga una pintura en la que se puede contemplar un hermoso panorama invernal que podría describir cualquier lugar de nuestro fastuoso y mal cuidado planeta Tierra. Más allá del puro paisaje que pueda contemplar cualquier visitante que se digne a mirarlo, y por encima de cualquier exclamación de estas que surgen por el compromiso de quedar bien, puedo jurar que tras esos óleos bien dirigidos, está todo el amor, todo el cariño que unos hermanos se puedan dedicar.

Así es. Lejos de todo compromiso, lejos de todo interés que no sea el de mantener los lazos que con tanto cariño engendraron Juan y Juana, lejos de toda infamia, está ese limpio afecto que siento por mi hermana y que de igual forma, el suyo se esparce sobre mí. En esta vida tan llena de sinsabores, tan vacía de ternura, tan cargada de odios y rencores alimentados por el simple interés económico, que tantas y tantas familias han destruido, lo único que provoca sosiego es el amor. Pocas veces la vida te brinda la oportunidad de demostrarle a un hermano lo mucho que lo quieres. No todo el mundo tiene la suerte de tener un hermano. Gracias hermana. Te quiero hermana.

El gran difamador

Hay veces en las que hablar con ciertas personas me produce urticaria, arritmias y hasta dolor de estómago. Sin duda, la sensación se debe a la desconfianza que genera en mí, ese tipo de sujetos que, aunque sea objetivo de sus parabienes, el puñal se lo veo desde lejos y sé que lo utiliza contra mí y por la espalda. En el momento que la conversación fluye, me pregunto cómo semejante esperpento me puede contar sus milongas mirándome a los ojos sin ningún tipo de remordimiento, siendo consciente de que en otros lares no ha dejado títere con cabeza, en lo que a mi reputación se refiere. La verdad, es que tengo que esforzarme para ser correcto y no gritarle en ese momento haciendo caso a mi subconsciente “menudo hijo de puta” me callaré y en mis momentos de soledad y reflexión, haré lo que dice mi Maestro.

La mala fama, que tiene su alimento propio en esta sociedad tan convulsa, tan falta de valores, es la mejor parcela donde el Gran Difamador tiene sus apoyos para proclamar a los cuatro vientos sus mentiras y sus farsas, que a buen seguro serán escuchadas y difundidas por la chusma que nos acompaña por estos caminos de Satanás. Detrás de cada arbitrariedad, siempre hay un mal consejero, que con toda la intención ha alimentado la frustración, y apoyándose en la debilidad mental de cada una de sus víctimas, construye toda una trama que de alguna forma le beneficia. Después es fácil aparecer como el amigo incondicional y tener la caradura de mostrarse como el primer sorprendido. Otras veces se puede apoyar la injusticia, omitiendo conocimientos o actuando de una forma neutral. Tanto mentiroso me pone enfermo. Tanto juez me produce rabia e impotencia. Tanto pasota me asquea. Tanto bufón, lo que menos genera en mí, es risa. Tanto cómico absurdo me incita al desprecio. Lo que no entenderé nunca es, que siendo conscientes del talante del sujeto, todavía haya gente que le dé gorrazos. ¡Algo tendrá el agua cuando la bendicen!

Otro personaje que puede acompañar al Gran Difamador es el correveidile. Importante baranda en la que se apoyan los opresores; éste no se esfuerza en absoluto en disimular sus intenciones; vive de eso; y es tan pueril que a veces causa lástima, pues su calidad de persona está a la altura de la zapatilla de un torero (claro que de los de abajo en el escalafón).

En base a lo expuesto, queda patente que adivinar dónde está el amigo o el enemigo, en quién o quienes puedes confiar o no, puede ser una labor un tanto ardua. La generosidad en el calificativo de amistad, dado que fonéticamente suena de maravilla, se emplea con bastante asiduidad, pero en la mayoría de los casos de una forma trivial y arbitraria. El amigo circunstancial, lo tienes a tu disposición o él a ti, en cuanto no haya por medio más que intereses baladíes, que generen sólo y exclusivamente compromisos momentáneos y no muy difíciles de digerir.

En ningún caso, mis pretensiones son las de hacer una oda a la amistad, ya que considero que este tema está un tanto manido y sería fácil caer en hipocresías absurdas, máxime cuando lo que quiero denunciar es la cantidad de morralla que se esconde detrás de ese escudo tan socorrido (amigo o compañero) y que es empleado como arma arrojadiza acompañado de odios y envidias.

Falsos bienechores

Dice La Real Academia Española, que altruismo es la diligencia en procurar el bien ajeno aun a costa del propio. Dicho así, la verdad es que suena bien, pero rodeado de mucho escepticismo, la labor altruista crea en mí un mar de dudas, lleno de olas de hipocresía y cuando menos de utopía. La definición que hace nuestra Academia es bastante clara y contundente “bien ajeno aun a costa del propio”.

En la historia aparecieron grandes personas que sin ninguna vacilación, dedicaron su vida a los demás, o lucharon por ideales de carácter social capaces de fomentar igualdad, prosperidad y cultura, intentando erradicar del mundo toda clase de vejaciones e infelicidades; siempre desde una posición vehemente y como no podía ser de otra forma, altruista. La Madre Teresa, Mahatma Gandhi, Martin Luther King, Nelson Mandela, Lech Walesa, Médicos sin Fronteras, Cáritas y un largo etcétera de personas e instituciones, son claros ejemplos del desinterés personal y de la dedicación a los demás.

Mi escepticismo surge cuando observo en mi entorno y al amparo de algunas instituciones, como aparecen ciertos personajillos disfrazados de corderos, apoyados sobre cimientos de mentira, disimulando con traje de tela altruista, buscando sólo y exclusivamente el interés personal, echando la institución a la que pertenecen por delante para excusarse de algunas de sus actuaciones más hipócritas, y además vendiendo humo y no precisamente el que se origina al quemar el incienso. El lucro no hace falta que sea económico; simplemente rellenar el ego para salir en la foto lo mejor posible, habilita todo descrédito, por muy bien que vendamos el artículo. Otras veces hemos asistido perplejos a noticias que nos dejaron sin habla, cuando nos hemos enterado que los responsables de algunas instituciones humanitarias que creíamos sin ánimo de lucro, han aprovechado la coyuntura para enriquecerse vilmente.

Algo falla cuando alguien en primera instancia hace un balance positivo de situaciones y luego una y otra vez nos restriega éxitos, siempre con la actitud petulante de que él y sólo él ha tenido mucho que ver en la consecución de los mismos, y además se muestra siempre con una magnanimidad propia del mayor de los hijos de mala madre. Seguramente sus actos, aunque así lo pueda parecer, no van enfocados al bien común. ¡Cuántos conozco de éstos!

El remedio para tantos males, está en nosotros mismos. Encogerse de hombros o echar la vista a otro lado, propicia que los lobos sigan descastando el rebaño comiéndose las mejores piezas. Las instituciones que tanto adoran estos mequetrefes, pueden caer en grave riesgo si no se actúa con celeridad. El mero hecho de pagar una cuota o depositar un voto en una urna cada cuatro años, nos lava la conciencia, y nos sirve de excusa para dormir tranquilos. La receta la tengo, la posología tendremos que aplicarla nosotros. Estoy seguro de que si por alguna razón mama se quedara sin teta, los farsantes saldrían despavoridos, como las hormigas cuando les entra agua en el hormiguero. Pero cuando el castigo es menor que el beneficio, bienvenidos sean los palos.

El único consuelo que nos acompaña, es que aunque los malditos hacen mucho ruido, los piadosos siguen trabajando con buenos fines y sobre todo creyendo en lo que hacen. Creo que no hace falta emular a nadie, ni siquiera poner en peligro nuestras vidas por alguna causa justa (eso hay que dejárselo a los héroes) pero aportar un granito de arena, sí podría ser beneficioso y un buen principio.

Símios... humanos

Hace pocos días salía a la palestra informativa, una noticia que hablaba de la petición por parte del grupo socialista, PSOE, de la adhesión al proyecto internacional “Gran Simio” que trata de evitar toda clase de vejaciones a los simios, argumentando la similitud entre éstos y los seres humanos. De no tomar medidas certeras, los grandes simios están abocados a la desaparición del planeta en menos de 30 años.

Nos podía dar escalofríos pensar que algunos de estos simios comparten con el ser humano, casi un 99% de similitud genética. Hay quién asegura, que el nivel cultural que tienen, es comparable al de un niño de 2 ó 3 años. Otros científicos afirman que, hoy día es posible que un humano pueda recibir sangre de un chimpancé.

Algunas críticas argumentan que el gobierno se podría dedicar a cosas más importantes y de vanguardia (opinión más que respetable) pero lo cierto es que la noticia está ahí. Criticarla despectivamente o cogerla con agrado, no cambia la verdad del asunto. Nuestros parientes más cercanos, evolutivamente hablando, además de sufrir el maltrato infligido sin ningún tipo de razón por el ser humano, están al borde de la extinción. Podría ser fácil adivinar, dónde radica ese casi 1% de diferencia genética entre un humano y un chimpancé, que es el simio que más se nos parece. ¿Quizás en el físico? ¿En la forma de andar? ¿En la forma de relacionarse con sus semejantes? ¿En la inteligencia? Siendo un poco atrevido, ¿En el amor? Más atrevido aún, ¿Un simio podría amar?.

Posiblemente este artículo se podría tildar de demagogo e incluso de topicazo; tal vez... Lo que ocurre, es que dada la forma de actuar de algunos humanos, me parece que en la diferencia genética que nos separa del simio, se encuentra toda la maldad, la crueldad, la fiereza, la brutalidad y la saña de la que el hombre hace gala. ¿Podría ser así?. Para que la duda surja, sería necesario mencionar el poder de destrucción que posee el ser humano y la cantidad de riqueza que utiliza para ello, obviando otras necesidades más perentorias que avanzan hacia la propia destrucción del hombre y de su medio. ¿Serían los simios capaces de negar una vacuna contra EL SIDA a sus semejantes, porque no es rentable comercializarla en según qué lugares? ¿Irían los simios a buscar agua a Marte, cuando en La Tierra hay zonas que llevan años y años sufriendo devastadoras sequías?

Quedándonos más cerca, en las acciones cotidianas vemos claros ejemplos de quién debería de llevar el distintivo de animal, si es que utilizamos este término de forma despectiva. ¿Dónde está la cortesía, la educación, la indulgencia, la tolerancia y la caballerosidad? ¿No son éstos claros valores que distinguen al ser humano del resto de los seres de la creación? En alguna ocasión, he tenido la oportunidad de ver los gorilas en el Zoo de Barcelona, y os juraría que me resultó difícil poder mirarles a los ojos.

Balance, éxito y fracaso

Reflexionar de una forma profunda y sacar conclusiones de un análisis sincero, con toda seguridad nos ayudará a mejorar resultados en cualquier ámbito o tarea de la vida. Toda institución que se precie y toda persona responsable, deben de analizar periódicamente las consecuencias de la labor o actos desarrollados. Obviar los malos resultados sólo se consigue con tesón, con tenacidad, con constancia y con firmeza.

El hacer por hacer, en muchos casos puede ocasionar resultados inesperados y muchas veces negativos. Desconocer la parcela en la que nos movemos, o simplemente ser un incompetente y una marioneta, puede ser un buen caldo de cultivo para que en el aniden los resultados adversos, casi siempre propiciados por los malditos consejeros.

Ejercer de líder es un don y no todo el mundo vale. No es más líder el que más domina, sino el que más escucha. Reconocer nuestras limitaciones no es tarea fácil, aunque sí es símbolo de humildad, además de ayudarnos a crecer como personas. Huir de los halagos es un éxito, ya que con toda seguridad, en este mundo de mentiras y envidias, los aduladores tienen cuernos, rabo y no ofrecen nada si no es por algo a cambio; algunas veces el más cercano es el peor de los vampiros.

La soberbia acompañada del odio, es la peor de las oscuridades para nuestra mente y para nuestro corazón. Aparecer en público tiene el riesgo de que te analicen con disparidad de criterios. Jactarse ante la plebe de buena persona, de buen cristiano, de responsable y de amable (para el que no te haya oído hablar) puede hacer que pases como el bienhechor que todo el mundo adora; ante el que te conoce y ha convivido contigo, yacerás como el más hipócrita y farsante del mundo. La tribuna nunca da prestancia y más cuando desde lejos se te ve el rabo. Difundir la buena nueva cuando no se cree en ella, te convierte en el mayor de los comediantes. El ansia porque te reconozcan en según qué círculos, no resolverá los problemas de tu empresa y nunca te permitirá hacer balance de tu trayectoria.

Estar preparado para el éxito no es nada fácil. El éxito envilece, encumbra, por momentos puedes llegar a creerte el mismo Dios. La derrota te dignifica, te honra, te pone en tu sitio. La derrota puede convertirse en el mayor de los éxitos, en la mayor de las enseñanzas. Te abrirá los ojos y te ayudará a ser más precavido, te enseñará dónde están tus verdaderos amigos y la gente que realmente te quiere. El derrotado nunca pagará tributos indignos.

El éxito, si está precedido de mentiras y de sospechosos favores, hará que hipoteques tu vida para pagar tus deudas; habrás vendido tu dignidad y tu persona. Tendrás muchos amigos, pero en los momentos cruciales e importantes te encontrarás solo.

La vida no da muchas oportunidades. A veces, el tren que debemos tomar sólo pasa una vez por nuestra puerta. Cuando realmente hagamos balance de nuestra existencia, nuestros éxitos y miserias aflorarán, pero no habrá segunda oportunidad. Vivir en la falsedad disimulando nuestras desdichas porque no tenemos agallas ni sinceridad para con nosotros mismos, minará nuestra felicidad. El éxito está en ser feliz. La derrota reside en no reconocer nuestros complejos, nuestras vanidades y mentiras. Se es feliz cuando se ama, cuando se comparte, cuando se escucha.