La herida está cerrada

Cuando llega la muerte y es tan difícil asumirla, la impotencia se apodera de nuestra vida. Resarcir la injusta muerte con otra muerte, parece más venganza que justicia. El tiempo hizo adormecer el sufrimiento de la injusticia que provocó la muerte, con el quebranto de dos familias.

Víctima y asesino, se marcharon de este mundo y ahí acabó la historia. Lo que sigue después, se queda en la intimidad. Los testigos callaron su angustia y hay que respetar su silencio.

Sigue descansando en paz y disfruta de la presencia de Jesús Resucitado.

Un juez llamado tiempo

El tiempo, que a veces es el aliado perfecto, otras muchas se muestra como el peor de nuestros enemigos. Tiene la virtud de colocar las cosas en su sitio, de destapar injusticias e incluso de ejercer como el mejor de los terapeutas cerrando las heridas de la infamia.

Cuando actúa de aliado, tiene como compañero al olvido, dejando descansar en el sueño de los justos muchas de las peripecias que nos han sucedido a lo largo de nuestra existencia, aunque recemos para que nuestras miserias no sean recordadas por algún sujeto que nos quiera poner en un compromiso incómodo.

Aunque la justicia -no hay mayor justicia que la verdad- la queramos ver lo antes posible y a veces nuestra desesperación alcance cotas abismales e incluso desesperantes, hay que tener como aliada a la paciencia, virtud que se lleva muy bien con el tiempo.

La historia -otro aliado- no se escribe en el momento, sino con perspectiva y con imparcialidad; en ese plano, los justos e injustos serán tratados con firmeza por mediando el valor de sus obras. El tiempo destapará nuestra incoherencia, mostrará a los que nos creen conocer bien nuestras limitaciones, a veces tapadas por la soberbia que nos corrompe. Cuando hemos vendido humo y nos hemos apoyado en la mentira, el tiempo actuará de juez implacable. Cuando nos hemos dedicado a destruir a los demás movidos por la envidia creada por el influjo de terceras personas a consecuencia de nuestra debilidad mental y por no saber aceptar nuestros complejos, el tiempo nos dedicará una amarga oda, pues el que yerra en conciencia lo seguirá haciendo hasta que se le vea el rabo.

El tiempo, apoyado en los justos, nos dará la recompensa nuestros desvelos, por la lucha en pro de un mundo mejor. Será testigo de nuestro justo caminar y de nuestro amor reflejado en las buenas obras. Con su paso, llegará el día en el que recojamos la cosecha de las semillas que hayamos dejado por nuestro camino; amor si éstas eran de amor, tempestad si las mismas eran de odio.

El inclemente paso del tiempo, paliará en nuestro corazón el dolor por la pérdida del ser querido, aunque a la vez agudizará la herida de la ausencia.

Aunque en nuestro afán por controlar lo incontrolable lo hemos intentado, lo único que hemos conseguido del tiempo ha sido medirlo, si bien nuestro estado de conciencia nos ha permitido en ocasiones alargarlo. Lo medimos con impaciencia cuando esperamos, y se nos va álgido cuando disfrutamos de la felicidad. Mirar hacia atrás en él, provoca nostalgia de los momentos felices, amargura de los tristes, pero nunca indiferencia.

Somos esclavos de su presencia y dependientes de su paso. Nos cultivará y nos infundirá personalidad. Nos dará fama, o nos ocultará en el anonimato. Sin embargo, si tengo que elegir prefiero este último a la mala fama.

Andalucía en el corazón

Llevaría al extremo más irracional y a la máxima radicalidad, si pensase en el hecho de que porque un energúmeno al parecer algo perturbado y con antecedentes penales, haya querido marcar la Diada de Cataluña con el ataque a la residencia de los Duques de Lugo, que todos los catalanes son de la misma calaña. Lo mismo que pienso, que muchos ciudadanos de los que pasan sus días en aquella región, caminan a años luz de los respetables pensamientos ideológicos del vicepresidente de La Generalitat Sr. Carod-Rovira, que creo que nada tienen que ver hoy ni con la realidad catalana ni con la de España. Tampoco creo, que porque unos cuantos ingratos catalanes o catalanizados –los peores- de baja estirpe, desconocedores tal vez, o incapaces de reconocer la influencia del pueblo andaluz en el desarrollo social y económico de Cataluña, nos miren a los que hemos nacido en esta maravillosa tierra que es Andalucía por encima del hombro, haya que considerar al pueblo catalán como enemigo.

La sana envidia nos puede llevar a no entender ciertas reivindicaciones catalanistas, en todo caso como todo en la vida discutibles, y ver cómo en algunas materias la prosperidad del pueblo andaluz queda mermada, quizás por estar muy ligada a un sector cada día más frágil como entiendo que es la agricultura y a un fluctuante sector como puede ser el turismo.

Hace tiempo, tuve la desgraciada oportunidad de comprobar cómo el término andaluz, era utilizado como peyorativo por ciertos especímenes desconocedores de la realidad de un pueblo como el nuestro. Andaluz y vago, para muchos de los mierdas que se atreven a mirarnos por encima del hombro, son sinónimos muy arraigados. Encuentro cierta justificación y puedo perdonar, cuando el insulto llega de unos pobres indocumentados, quizá mal asesorados, quizá con algún tipo de minusvalía psíquica. Lo que nunca llegaré a entender son los derrotismos infrahumanos, sórdidos, mezquinos, de los propios integrantes de un pueblo –no merecedores de ser andaluces- que aunque han prosperado aquí, no han sabido o no han querido integrarse en nuestra idiosincrasia, quizá por sentirse acomplejados, quizá porque se ajustan al dicho de “ni sirvas a quien sirvió, ni pidas a quien pidió”.

El folklore de cada región, que en Andalucía por el propio carácter es exacerbado, posiblemente da una imagen un poco impropia de la realidad del pueblo andaluz. No sólo es pachanga, flamenqueo, toros y fiesta –por otro lado saludables- lo que hay de despeñaperros para abajo. La incultura del anormal que se atreve a insultar a un pueblo, posiblemente ha oído hablar -o no- de Juan Ramón Jiménez, José María Pemán, Luis de Góngora, Antonio Machado, Gustavo Adolfo Bécquer, Federico García Lorca, Manuel Altolaguirre, Rafael Alberti, Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, María Zambrano, Manuel de Falla, Andrés Segovia, Alonso Cano, Pablo Picasso, Julio Romero de Torres, Antonio Muñoz Molina, Joaquín Sabina, Antonio Banderas, todos ellos andaluces ilustres que han derramado cultura por los rincones del universo, amén de otros andaluces tan ilustres como anónimos –los de la barja y fiambrera- que han hecho grandes otros pueblos con su sudor y algunas veces en precarias condiciones.

Ser andaluz no es un defecto, cuanto menos una deshonra, pues es el andalucismo es una forma de vivir, una forma de entender la vida. El que reniega de su pueblo, lo que podría plantearse es salir de él, pero dejando todo lo que éste le ha dado. El que nos compara con otros pueblos más prósperos para sacar a la pata la llana todos nuestros defectos que son los suyos, descartándose del grupo, es un hipócrita. El que reniega de sus raíces reniega de sí mismo.

La vida sigue igual

Una afición que heredé de mi padre, fue la de leer a Félix María Samaniego, un escritor laguardiense, que en el siglo XVIII, se hizo famoso por sus fábulas. Samaniego hace de sus fábulas una sátira social, orientada a la crítica de hábitos y actitudes de dudosa moral. Todas sus fábulas están escritas en verso, lo que hace que su lectura sea sencilla, amena y agradable.

La realidad social que se refleja en las composiciones de Samaniego, no difieren en absoluto de la realidad social de nuestros días, e incluso de la realidad social de los tiempos de Esopo (fabulista griego del siglo VII a C.) autor que reescribiera Samaniego en su obra. La maldad, la codicia, la falsedad, la opulencia, la envidia, la soberbia y un largo etcétera de defectos humanos, resaltan en las fábulas de Samaniego, junto con la bondad y la ingenuidad del ser humano más noble (en este caso animal) que termina por dar ejemplo de dignidad y mesura. Lamentablemente, la vida sigue igual. Todo esto me hace pensar que la existencia es un ciclo. Pasamos por ella casi siempre con más pena que gloria, luchando en los innumerables de campos de batalla que se nos presentan y cuando llega la hora de nuestro ocaso, en la mayoría de los casos nuestras virtudes se irán con nosotros, nuestras buenas obras se olvidarán y lo único que quedará será algún epitafio escrito seguramente por el mayor de nuestros enemigos.

Mucho me temo que cada vez queda menos gente, que se mueva sin ningún tipo de interés. Lo podemos comprobar diariamente en cualquier ámbito: político, social, religioso... Cargos que a primera vista se pueden presentar como honoríficos o altruistas, y en realidad esconden un nivel de lucro mareante en algunos casos. Por lo tanto, es fácil de entender (que no de comprender) toda la guerra mediática que se emplea hoy por hoy, en muchos rincones de nuestra sociedad.

Después de más de cuatro décadas y algún palo que otro, a la conclusión que he llegado es que: Los amigos los puedes contar con los dedos de una mano si es que tienes suerte, que los fantasmas no están en los castillos, que nuestras madres son muy santas y que la lotería le toca a los demás. Os dejo una fábula de mi admirado Samaniego.

La mariposa y el caracol.

Aunque te haya elevado la fortuna
desde el polvo a los cuernos de la luna,
si hablas, Fabio, al humilde con desprecio
tanto como eres grande serás necio.
¡Qué! ¿Te irritas? ¿Te ofende mi lenguaje?
«No se habla de ese modo a un personaje.»
Pues haz cuenta, señor, que no me oíste,
y escucha a un Caracol. Vaya de chiste.
En un bello jardín, cierta mañana,
se puso muy ufana sobre la blanca rosa
una recién nacida Mariposa.
El sol resplandeciente
desde su claro oriente los rayos esparcía;
ella, a su luz, las alas extendía,
sólo porque envidiasen sus colores
manchadas aves y pintadas flores.
Esta vana, preciada de belleza,
al volver la cabeza,
vio muy cerca de sí, sobre una rama,
a un pardo Caracol. La bella dama,
irritada, exclamó: «¿Cómo, grosero,
a mi lado te acercas? Jardinero,
¿De qué sirve que tengas con cuidado
el jardín cultivado,
y guarde tu desvelo
la rica fruta del rigor del hielo,
y los tiernos botones de las plantas,
si ensucia y come todo cuanto plantas
este vil Caracol de baja esfera?
O mátale al instante, o vaya fuera.»
«Quien ahora te oyese,
si no te conociese,
respondió el Caracol, en mi conciencia,
que pudiera temblar en tu presencia.
Mas dime, miserable criatura,
que acabas de salir de la basura,
¿Puedes negar que aún no hace cuatro días
que gustosa solías
como humilde reptil andar conmigo,
y yo te hacía honor en ser tu amigo?
¿No es también evidente
que eres por línea recta descendiente
de las orugas, pobres hilanderos,
que, mirándose en cueros,
de sus tripas hilaban y tejían
un fardo, en que el invierno se metían,
como tú te has metido,
y aún no hace cuatro días que has salido?
Pues si éste fue tu origen y tu casa;
¿Por qué tu ventolera se propasa
a despreciar a un caracol honrado?»
El que tiene de vidrio su tejado,
esto logra de bueno
con tirar las pedradas al ajeno.

Incivilización

Los que hemos vivido las tardes de invierno de finales de los setenta, pudimos educarnos complementariamente con programas de televisión didácticos y entretenidos, pudiendo destacar a Barrio Sésamo; programa que en sus distintas ediciones estuvo dedicado al entretenimiento del público infantil. Todavía en el recuerdo me queda lo de “... por el día siempre siempre buenos días, por la tarde siempre siempre buenas tardes y por la noche siempre siempre buenas noches. Las buenas costumbres y entre ellas la del saludo ha sido y será símbolo de buena educación y fraternidad; de hecho, todas las culturas y civilizaciones han adoptado este medio de comunicación, para demostrar acercamiento y cortesía, o simplemente se ha utilizado por el mero hecho de hacer notar nuestra presencia.

En mi época escolar había una asignatura que se denominaba Educación Cívico y Social (con ciertas connotaciones, algo parecido a Educación para la Ciudadanía) y básicamente, el contenido nos ilustraba la forma de comportarse en ciertos momentos de lo cotidiano, dando un valor fundamental a las normas más elementales del buen comportamiento y la educación. Normas tan básicas de comportamiento, como: el saludo, el respeto a la edad, hablar de usted a las personas mayores, ceder el paso en la acera a un anciano, etc., han caído en desuso por ser poco “progre”. Ahora vale todo, y todo el mundo es igual sin ningún tipo de contraste, cortésmente hablando.

La diferencia entre entrar a una cuadra o la de entrar a un lugar habitado por personas racionales, es muy simple de discernir. En una cuadra aunque digas buenos días, difícilmente los animales que la habitan te pueden contestar de forma verbal. Por el contrario, cuando se entra en un lugar concurrido por personas en su mayoría educadas y respetuosas, es fácil que si saludas, éstas te correspondan de igual forma. Es de lamentar, que a veces entramos en un lugar donde hay personas que a primera vista parecen racionales, pero al saludar nos damos cuenta que nadie responde y a duras penas, alguno que otro lo que dice, se parece más a un rebuzno que a un saludo.

El estrés es un buen argumento utilizado por los maleducados. Expresiones como la de ¡Llevo un día!, ¡Qué poco me queda!, ¡Vaya mierda!, hacen que las personas que las dicen, parezca que trabajan más que nadie o que lo que hacen sea más importante que lo que hacen los demás, cuando la realidad es que en el día de trabajo no le han dado un palo al agua. Pillan tal galbana, que hasta saludar le cuesta trabajo. Podría señalar (pero por respeto a los profesionales honrados no lo voy hacer) un lugar donde fabrican especímenes de esta guisa, acomodados a un sillón y en algunos casos realizando labores que en nada se parecen a las competencias por las que se les paga. Y créanme, el dinero que reciben por su ineficacia estos dioses de pacotilla, sale de las costillas de los contribuyentes.

Dicen por ahí, que la sociedad se está urbanizando, queriendo expresar la frialdad con la que actuamos, y hasta en eso somos idiotas, utilizando palabras que por el mero hecho de que suenan bien, las empleamos en cualquier contexto aunque tengan otro significado. Nuestra sociedad, parece que sea una sociedad de gente amargada, desganada, frustrada, acomplejada, envidiosa, hasta tal punto que las costumbres más elementales como el saludo, las estamos dejando a un lado. Posiblemente nuestros pecados se estén cobrando a base de penitencias, y es que vivir de forma ficticia nos hace pagar un alto precio.