Ante todo, Jesús

_MG_1660Una sociedad necesita para su crecimiento apoyarse en la innovación, en la renovación y también en la conservación. Generar nuevas ideas y nuevos proyectos que a priori nacen con la intención de avanzar en la investigación de distintos campos, ya sean tecnológicos o científicos, e incluso la puesta en marcha de nuevos mecanismos sociales que forjarán beneficios comunes evitando el anquilosamiento de sectores tan necesarios para mantener una calidad de vida aceptable, podríamos llamarle innovación; ésta nunca debe de ser un acicate para el enfrentamiento entre clases o entre personas con distinta forma de pensar. Por consiguiente, la acción innovadora siempre deberá tener el objetivo de proyectar nuevas ideas con la intención de crear y no de destruir, dando por hecho que una reforma si en su caso fuese traumática, más que una innovación sería una revolución, no siempre necesaria, amén de los perjuicios que en primera instancia se podrían producir.

La renovación siempre precisa, bajo mi opinión se debe de hacer a través de un estudio y punto de vista lógico que genere confianza en la misma, teniendo sumo cuidado en la elección de los medios a emplear; pues una renovación mal encauzada o mal estudiada, puede suponer que el remedio sea peor que la enfermedad. Es cierto que hay que renovarse o morir, pero no es menos cierto que todo en este mundo requiere paciencia, estudio y esfuerzo. Hacer llamadas a la renovación o a la innovación es muy fácil, pero crear compromisos de trabajo y esfuerzo está algo más complicado. Hay personajes que suelen avivar el fuego de la innovación y la renovación con palabras, pero a su vez son incapaces de alimentar el mismo para mantenerlo.

Dejarse seducir por modas importadas de otros lugares y despreciar nuestra tradición de forma radical, dice muy poco de un pueblo. Pensar que lo foráneo es más práctico o más bonito sin ningún tipo de razonamiento lógico, y además intentar instalarlo en nuestro entorno sin más, es absurdo. Conservar las tradiciones entregadas por nuestros predecesores, es prácticamente una obligación. Las tradiciones están basadas en la esencia, en lo que nunca se puede ni se debe cambiar. La tradición crea carácter y fortalece a un pueblo generando en él unión e identidad. Lo tradicional nunca se debe ver afectado por las innovaciones y renovaciones venideras, si las mismas no agreden al tronco, es decir, a lo fundamental. Innovación y renovación tienen sentido cuando las mismas estén enfocadas al mantenimiento, la conservación y la mejora de la idea primitiva, o sea, de la esencia.

La conmemoración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, unificada en toda la Iglesia desde el año 525, dio origen a la institución de actos que recordaran a través de los tiempos, los distintos hechos acaecidos a Nuestro Señor desde su entrada en la ciudad de Jerusalén, hasta la Resurrección. Las procesiones cristianas, aunque no se sabe su origen con exactitud (las primeras procesiones podrían remontarse al siglo I. Por ejemplo en la antigua Edesa siendo rey Abgaro V, se procesionaba el “Mandylion archeiropoiéton”) adquieren una enorme importancia a partir del Concilio de Trento (1.545 al 1.563). Las primeras procesiones de Semana Santa, dado el alto índice de analfabetismo que residía en la sociedad, fueron utilizadas como catequesis, donde el pueblo encontró de una forma sencilla, la enseñanza de todo lo que fue la Pasión de Jesucristo. Pronto calaría en el pueblo de Dios esta forma de manifestar la fe, seguramente necesitando éste, el refugio de lo espiritual y del acercamiento a la figura de El Mesías.

Las cofradías o hermandades religiosas, no deben su origen a las procesiones de Semana Santa. Sin embargo, las que se fundan y crecen al amparo de la misma, toman especial protagonismo a partir del siglo XVI; sobre todo, en algunos lugares como podría ser España, donde especialmente la Semana Mayor se vive de una forma tan peculiar como intensa.

La Pasión y Muerte de Nuestro Señor, reflejada en la iconografía desde tiempos inmemoriales, adaptada ésta a la manifestación pública de la fe cristiana, ha levantado desde siempre un excesivo fervor entre el pueblo creyente. Además de sacar en procesión las Imágenes de Cristo en Semana Santa, las mismas eran utilizadas para rogativas dirigidas a paliar las desgracias más comunes como las epidemias o la sequía. El pueblo humilde siempre ha encontrado refugio en las Imágenes Sagradas, viendo en ellas al mismo Cristo Redentor o a su Santísima Madre. En torno a éstas, se crean y se vertebran a través de reglas o normas, las primeras asociaciones religiosas que más tarde darán origen a las cofradías, cada una con sus peculiaridades y su forma de hacer.

Aunque se pueda pensar que el principio de las cofradías fue el carácter benéfico desarrollado alrededor de una advocación, en realidad no es así. Las cofradías de Semana Santa, unen dos elementos primordiales: primero el de la contemplación de la Pasión y Muerte de Cristo, y segundo el de la imitación de los dolores de Jesús en su Pasión y Muerte, por medio de una penitencia pública llevada a cabo en la procesión.

En Úbeda se tienen noticias de la existencia de las primeras cofradías desde 1551, aunque tan solo la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno y la de Nuestra Señora de la Soledad, han perdurado en el tiempo. Las demás cofradías de Semana Santa existentes en nuestra ciudad, son bastante más modernas, siendo fundadas o refundadas casi todas en el siglo XX, con excepción de la Cofradía del Santísimo Cristo de la Expiración y la Cofradía del Santo Entierro de Cristo, que se fundaron en el siglo XVII.

En los estatutos modernos de las mismas, se contempla la manifestación pública de la fe como uno de los actos más importantes de las cofradías, pero no el que más. Adquieren igual protagonismo el culto privado, en el que cada cofradía lo ha adaptado a su naturaleza, la formación cristiana del cofrade consistente en la inculcación de las ideas cristianas sobre la mortificación y el sacrificio, además de la esperanza en la resurrección y sobre todo el ejercicio de la caridad cristiana entre los integrantes de la cofradía, amén de desarrollar y participar en todas aquellas acciones enfocadas a la caridad desde las Comunidades Parroquiales.

En cuanto a las recomendaciones que hace la Iglesia sobre el acto de manifestación pública, ésta, anima para que dicha manifestación sea lo más espiritual posible. Los cofrades y por ende los cristianos, al salir con nuestros Titulares a la calle, debemos actuar con coherencia, teniendo muy en cuenta que ante todo somos cristianos, además de los representantes y portadores de las enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo, basadas en la caridad, humildad y misericordia, todas ellas encerradas en el amor al prójimo. No somos el escaparate de un pueblo o de una tradición, sino de La Iglesia y por consiguiente debemos de huir de todo protagonismo personal, desterrando cualquier aspiración que no sea la de la representación específica de la Pasión de Cristo, bajo la advocación representada en las distintas Imágenes Sagradas.

Las primeras imágenes que nos llegan de las procesiones de Semana Santa, se remontan a finales del siglo XIX y principios del XX, gracias a la fotografía. El cinematógrafo, como exponente de la revolución que supuso la grabación de las imágenes movimiento, también ha hecho que podamos contemplar algunas procesiones de principios del siglo XX, en las que se pueden observar las peculiaridades del momento.

Como es lógico, en Úbeda también se guardan imágenes de las procesiones de antaño. Sin necesidad de esfuerzo, podemos adivinar como las cofradías ubetenses han ido evolucionando, a lo que a imagen externa se refiere (Imágenes, tronos, atuendos, atributos, etc.). Gracias a la documentación escrita, plasmada unas veces en los documentos internos de cada cofradía (actas, legajos y correspondencia) y otras veces en la prensa y documentación guardada en archivos públicos, también podemos indagar en los ámbitos burocráticos y saber del funcionamiento interno de las mismas. En la faceta espiritual poco se ha debido de cambiar, pues el hecho de acompañar a nuestros Titulares en una procesión, produce en nosotros algo difícilmente explicable con palabras y que es común a todos los cofrades que han tenido la oportunidad de hacerlo con sentimiento cristiano.

Tomando como ejemplo la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno y no profundizando mucho en el tiempo (no es un trabajo de investigación éste) basándonos en las imágenes más antiguas de las que disponemos, podemos intuir que esta cofradía poco ha cambiado en su forma de manifestación externa. Salvo la renovación de Imágenes y tronos, por otro lado obligada a consecuencia de la barbarie humana llevada al extremo más irracional en los tiempos más oscuros de nuestra historia más reciente, lo que ha sido su protocolo y su organización prácticamente siguen con la misma estructura. De igual forma, el fervor y el apego de los devotos de Nuestro Padre Jesús Nazareno a esta Antigua Cofradía, sigue de forma incorrupta perdurando en el tiempo. El recibimiento que hace el pueblo de Úbeda a Jesús del Paso delante de la emblemática puerta de La Consolada, acompañado el momento por los sones de un patético Miserere que desde 1873 inunda las madrugadas de los viernes santos ubetenses, no es más que la demostración de que por encima de toda banalidad ilógica, está la devoción de un pueblo a su Nazareno.

La búsqueda de la exquisitez, de la calidad, de lo intrínseco, no se debe de hacer pisando por el filo de la navaja. Los cofrades debemos de estar preparados para lo que se avecina, que a todas luces parece ser que no son buenos tiempos. Por ello, nuestra formación cofrade y por lo tanto cristiana debe de ser una tarea constante y excelente. Deberíamos cerrar nuestros ojos a lo superfluo y a lo que confunde. Hoy por hoy, muchos ajenos se están aprovechando de nuestras creencias y de nuestro buen hacer por el mantenimiento de una tradición cristiana y se mezclan entre nosotros sólo y exclusivamente para satisfacer orgullos e intereses económicos, amén de la búsqueda de un escaparate que les catapulte al poder que ejercerán siempre en beneficio de sus propios intereses. Muchos de los que llegan a nuestras cofradías hoy, son los mismos que desde un punto de vista nada acertado, instigan críticas sin piedad contra la Iglesia y contra los feligreses, con un criterio muy injusto.

Nuestras cofradías, afectadas en mayor o menor medida, por la carencia de los valores humanos que está sufriendo nuestra sociedad, tendrían que entender que los cambios que se dirijan para luchar contra la posible decadencia que pueda surgir, deben de estar enfocados a la formación y a una gran apuesta por la calidad cofrade más que por la cantidad. De nada vale el esfuerzo de un solo día, para el resto del año estar al margen no sólo de tu cofradía, sino también de la propia comunión eclesial.

Para terminar y como reflexión, pensad que los Hermanos de Jesús debemos de estar orgullosos de lo que somos y de lo que representamos. Debemos de estar orgullosos de que a nuestra cofradía, poco o nada le han afectado las modas pasajeras que nada tienen que ver con la espiritualidad ni con el recogimiento, que produce el acompañar al Nazareno por la calles de Úbeda la madrugada del Viernes Santo. Ser Hermano de Jesús, es algo más que vestirse de morado un Viernes Santo cualquiera; es ser el representante de una tradición que desde hace más de cuatrocientos años, ha sido el alivio de muchas almas que han visto en el Nazareno la luz que le ha alumbrado la vida.

Artículo para la revista Jesús, de la Cofradía de Jesús Nazareno de Úbeda.