El refugio de la oración

Oración (16)Gracias a personas que en algún momento se ilusionaron con un proyecto enfocado a plasmar las enseñanzas de los Santos Evangelios de una forma tan eficaz como ilustrativa, en el que desde la persona más ignorante hasta la más sutil puede comprender el momento de la pasión que se representa en los distintos pasos de Semana Santa de cualquier ciudad del mundo, todas y cada una con su idiosincrasia tan particular, hoy por hoy podemos contemplar en nuestras calles y templos con distintos grados de acierto, inmensidad de obras de arte dedicadas, así pienso yo, a fortalecer la fe del pueblo de Dios.

La imaginería debe su origen al movimiento cristiano casi desde sus comienzos, prodigándose como obra de arte (románico y gótico) sobre todo con la escultura en madera, buscando un fin catequético. Luego más tarde, a partir del Concilio de Trento, la Iglesia Católica decide potenciar el arte imaginero, desarrollándose extraordinariamente éste en el periodo del barroco. El escultor imaginero, gestionando técnicas como la policromía e incluso el uso de ropa, busca en su obra el acercamiento de los fieles, impregnando a ésta de un realismo casi incuestionable.

Para el cofrade en particular y para algunos creyentes, la contemplación de un paso de Semana Santa despierta un fervor claramente vinculado al momento en el que se mezclan: sentimientos arraigados a una tradición, sugestión derivada de esos sentimientos mezclados con la fe, y a la vez la percepción del realismo que el imaginero ha plasmado en su obra y que ayudado por la imaginación humana, puede parecer que lo que estamos viendo, está ocurriendo en ese instante.

Si intento ponerme en la piel de algún imaginero, creo que a la hora de realizar una escultura, la inspiración y el conocimiento de la materia que quiere moldear, deben de crear un nexo para que una vez finalizada la obra, el público al que va dirigida capte la idea que el artista quiere transmitir a través de la misma. Dado que la proliferación de imágenes de Cristo -las más comunes como pueden ser la del camino hacia el monte Calvario con la cruz sobre los hombros, o las imágenes dedicadas al momento de la coronación de espinas “ECCE HOMO” el Cristo crucificado, símbolo universal de la cristiandad- han acercado en gran medida los momentos de la pasión de nuestro Señor al pueblo, es muy raro por no decir casi imposible, que cualquier persona desde muy temprana edad, no tenga atisbos de lo que fue la pasión de nuestro Señor.

La contemplación de una imagen, nos puede sugerir algo abstracto pero también algo muy concreto y espiritual. El conocimiento no tanto de la materia artística, sino del componente espiritual que le pueda impregnar el autor de la misma, puede hacer de ella un icono catequista, que ayudado por la docencia intrínseca de la materia religiosa, sea un complemento muy efectivo a la hora de moldear en nuevas generaciones, un conocimiento puro de la pasión de Cristo. Lógicamente, no todo es la contemplación de las Sagradas Imágenes, que aunque valederas para acercarnos a la realidad de lo que pudo sufrir Jesús como hombre para alcanzar la salvación de la humanidad, tal y como se ha dicho, si esta catequesis no es complementada con una buena formación que nos haga comprender los misterios de su Pasión, Muerte y Resurrección, de poco sirve el enfervoramiento y la dedicación a mantener una tradición que puede resultar vana por falta de espiritualidad.

La particular Semana Santa de Úbeda en sus calles, nos acerca a la pasión de nuestro Señor de una forma cronológica y en cada paso de misterio, podemos imaginar de una forma fiel, los avatares por los que pasó nuestro Señor desde su entrada clamorosa a Jerusalén hasta el culmen de la cristiandad, reflejado en la imagen de la victoria de la vida sobre la muerte. Expresado esto, siendo consciente que no hace falta ser muy docto en la materia para ver lo que todo el mundo puede contemplar, sí me quedaría con una imagen, la cual transmite algo más que una simple faceta de la pasión de nuestro Señor. Hablo del momento en que Jesús se encuentra consigo mismo ante la oscuridad de la noche y con el abandono momentáneo de sus discípulos.

Jesús comienza su ministerio con una retirada al desierto buscando la orientación de algo que como ser humano y desde lo más hondo de su corazón le hierve. La necesidad de comunicarse con el Padre ante el inminente cambio de vida y por tanto ante la incertidumbre de los acontecimientos venideros, hace que Jesús se refugie en la oración para encontrar la luz y el consuelo ofrecidos por el Padre. Jesús, regresa fortalecido de un desierto de dudas, como el nuevo Mesías; el Hijo de Dios vivo. Esta dicotomía entre su vida anterior y su proclama de Mesías, está sostenida por una comunicación entre el Padre y Él, como Hijo, a través del rezo.

Los Evangelios hacen referencia en distintas ocasiones, de la continua comunicación entre Padre e Hijo a través de la oración, dejando como enseñanza que la misma debe de ser un puntal para la relación entre Dios y nosotros. La bella imagen que nos muestra el grupo escultórico de nuestra cofradía de oración, nos exhorta a orar también en los momentos difíciles; nos invita a tener a Dios presente y a refugiarnos en su grandeza, tomando como ejemplo la sumisión ante su divinidad, tal y como lo hace Jesús asumiendo la misión encargada por el Padre. Jesús toma conciencia de su ministerio de una forma absoluta, y su abnegación como hombre a los designios de Dios le catapulta hacia la divinidad. La oración, en su momento fortaleció y acercó al Hombre a Dios. Jesús nos la propone como medio de acercamiento espiritual, pero también de una forma familiar. Nos invita a llamar a Dios, Padre; y nos lo presenta como un Ser bondadoso del cual debemos de desterrar la idea de un Dios justiciero. La oración de Jesús en el huerto en los momentos previos a su pasión, también nos demuestra y nos ejemplariza, que la humildad debe de ser el arma que nos sirva para luchar en todo momento por conseguir el acercamiento pleno a Dios. Encontramos a un Jesús humilde, abnegado y sumiso, pero también nos encontramos con un Jesús confiado, que al amparo del Padre pretende ser la Luz que nos guíe en este camino de tinieblas que algunas veces es la propia vida.

Nuestra cofradía de oración en su manifestación tanto interna como externa, no ha dejado de lado la postura de la mejor de las intercesoras que puede tener el hombre. María se presenta cargada de esperanza; pero no de una esperanza egoísta apoyada en el hecho de que Dios salve a su hijo en el último momento del suplicio, sino una esperanza fundada en la creencia de que Dios estará presente al final y en el principio. María asume los designios del Padre y se nos ofrece como medio de llegar al Espíritu de Dios. También Ella, nos enseña a orar y a pedirle a un Dios justo y misericordioso, demostrando que la Fe, la Esperanza y la Caridad, son las fuentes en las que debe de beber todo cristiano.

Artículo para la revista Getsemaní, año 2.009