Si lo sé, no abro

Parece que fue ayer, pero de aquel domingo que apuntaba tan alto a lo que esplendor se refiere, han pasado casi 20 años. En la vida hay anécdotas difícilmente olvidables, y más cuando las mismas vistas desde la distancia, resultan un tanto graciosas. Aquel domingo de abril, el cielo no podía estar más azul y el brillo del Sol inundaba cualquier rincón del pueblo. Los sones de la magnífica banda de tambores y cornetas de una cofradía, alegraban la mañana y anunciaban a los ubetenses la buena nueva. El aire que transportaba los aromas de una primavera casi recién nacida, renovaba el ambiente de mi casa. Con celeridad, nos preparábamos para contemplar por las calles de este maravilloso pueblo, una bella imagen en procesión... ¡Qué bonito me ha quedado!

Por aquel entonces, vivíamos enfrente de la parroquial iglesia y nuestro balcón en tiempos de Semana Santa, ejercía de maravilloso palco desde donde podíamos contemplar, las salidas de las cofradías que residen en este templo. Aquella mañana de domingo, cuando todo estaba dispuesto para que la cofradía iniciase su procesión, yo desde mi balcón, me preparaba para embelesarme con tan maravilloso momento. En un instante oí que el timbre de mi casa sonaba con insistencia, y presto me dirigí a identificar al intruso que lo machacaba con su dedo. Cuando cortésmente pregunté quién era, sorprendido descubrí que quien osaba llamar a mi puerta en tan intempestiva hora, era una bella señorita ataviada con el clásico traje de mantilla española, pidiendo por favor entrar en mi casa para utilizar el baño.

Por las muecas que hacía la señorita en cuestión, debía estar a punto de “reventar” y analizando después los hechos, así hubiese sido si no me pilla al hilo; digo, a mí no, a mi retrete. La muchacha con las prisas y con la idea de no quedarse en tierra, y partir acompañando la procesión en la hora justa, apenas tuvo tiempo de evacuar y subirse la ropa, dejando en mi casa un “mandao que pa qué te cuento”. Por entonces no existía en el pueblo ningún camión de desatranque ni nada que se le pareciese, así que podéis imaginar lo que pasó con aquella deposición (así en plan fino.

En fin que la susodicha mantilla se alivió lo suyo, a mí me jodió lo mío, y todos tan contentos. Así que cuando una mantilla llame a vuestra puerta, tened cuidado, y por si las moscas decid que el retrete está roto.

3 comentarios:

Medina dijo...

No se si decir graciosa o espeleznante anécdota. Les pongo los dos adjetivos pues no son excluyentes el uno del otro. Hoy en día supongo que no pasaría eso, pues abundando bares y demás establecimientos hosteleros, la gente de hoy tiene mucho más vergúenza que antes y eso de llamar a un timbre porque sí no lo hace todo el mundo.

Jajajajaja. La mantilla cagona.

Un abrazo, Antonio.

Antonio Barrionuevo dijo...

Yo desde la distancia, ahora lo veo gracioso y la verdad que cuando lo cuento en algunas ocasiones manejando la exageración en la intimidad y la chispa propia del ligoteo, nos hartamos de reír; pero aquel día... maldita sea la gracia que me hizo.

Un abrazo, tocayo.

Alma Mateos Taborda dijo...

Acá miro, leo, aprendo y reflexiono. Muy buen blog. Felicitaciones y un abrazo. No cierres la puerta para volver a entrar muchas veces.