Ante todo, Jesús

_MG_1660Una sociedad necesita para su crecimiento apoyarse en la innovación, en la renovación y también en la conservación. Generar nuevas ideas y nuevos proyectos que a priori nacen con la intención de avanzar en la investigación de distintos campos, ya sean tecnológicos o científicos, e incluso la puesta en marcha de nuevos mecanismos sociales que forjarán beneficios comunes evitando el anquilosamiento de sectores tan necesarios para mantener una calidad de vida aceptable, podríamos llamarle innovación; ésta nunca debe de ser un acicate para el enfrentamiento entre clases o entre personas con distinta forma de pensar. Por consiguiente, la acción innovadora siempre deberá tener el objetivo de proyectar nuevas ideas con la intención de crear y no de destruir, dando por hecho que una reforma si en su caso fuese traumática, más que una innovación sería una revolución, no siempre necesaria, amén de los perjuicios que en primera instancia se podrían producir.

La renovación siempre precisa, bajo mi opinión se debe de hacer a través de un estudio y punto de vista lógico que genere confianza en la misma, teniendo sumo cuidado en la elección de los medios a emplear; pues una renovación mal encauzada o mal estudiada, puede suponer que el remedio sea peor que la enfermedad. Es cierto que hay que renovarse o morir, pero no es menos cierto que todo en este mundo requiere paciencia, estudio y esfuerzo. Hacer llamadas a la renovación o a la innovación es muy fácil, pero crear compromisos de trabajo y esfuerzo está algo más complicado. Hay personajes que suelen avivar el fuego de la innovación y la renovación con palabras, pero a su vez son incapaces de alimentar el mismo para mantenerlo.

Dejarse seducir por modas importadas de otros lugares y despreciar nuestra tradición de forma radical, dice muy poco de un pueblo. Pensar que lo foráneo es más práctico o más bonito sin ningún tipo de razonamiento lógico, y además intentar instalarlo en nuestro entorno sin más, es absurdo. Conservar las tradiciones entregadas por nuestros predecesores, es prácticamente una obligación. Las tradiciones están basadas en la esencia, en lo que nunca se puede ni se debe cambiar. La tradición crea carácter y fortalece a un pueblo generando en él unión e identidad. Lo tradicional nunca se debe ver afectado por las innovaciones y renovaciones venideras, si las mismas no agreden al tronco, es decir, a lo fundamental. Innovación y renovación tienen sentido cuando las mismas estén enfocadas al mantenimiento, la conservación y la mejora de la idea primitiva, o sea, de la esencia.

La conmemoración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, unificada en toda la Iglesia desde el año 525, dio origen a la institución de actos que recordaran a través de los tiempos, los distintos hechos acaecidos a Nuestro Señor desde su entrada en la ciudad de Jerusalén, hasta la Resurrección. Las procesiones cristianas, aunque no se sabe su origen con exactitud (las primeras procesiones podrían remontarse al siglo I. Por ejemplo en la antigua Edesa siendo rey Abgaro V, se procesionaba el “Mandylion archeiropoiéton”) adquieren una enorme importancia a partir del Concilio de Trento (1.545 al 1.563). Las primeras procesiones de Semana Santa, dado el alto índice de analfabetismo que residía en la sociedad, fueron utilizadas como catequesis, donde el pueblo encontró de una forma sencilla, la enseñanza de todo lo que fue la Pasión de Jesucristo. Pronto calaría en el pueblo de Dios esta forma de manifestar la fe, seguramente necesitando éste, el refugio de lo espiritual y del acercamiento a la figura de El Mesías.

Las cofradías o hermandades religiosas, no deben su origen a las procesiones de Semana Santa. Sin embargo, las que se fundan y crecen al amparo de la misma, toman especial protagonismo a partir del siglo XVI; sobre todo, en algunos lugares como podría ser España, donde especialmente la Semana Mayor se vive de una forma tan peculiar como intensa.

La Pasión y Muerte de Nuestro Señor, reflejada en la iconografía desde tiempos inmemoriales, adaptada ésta a la manifestación pública de la fe cristiana, ha levantado desde siempre un excesivo fervor entre el pueblo creyente. Además de sacar en procesión las Imágenes de Cristo en Semana Santa, las mismas eran utilizadas para rogativas dirigidas a paliar las desgracias más comunes como las epidemias o la sequía. El pueblo humilde siempre ha encontrado refugio en las Imágenes Sagradas, viendo en ellas al mismo Cristo Redentor o a su Santísima Madre. En torno a éstas, se crean y se vertebran a través de reglas o normas, las primeras asociaciones religiosas que más tarde darán origen a las cofradías, cada una con sus peculiaridades y su forma de hacer.

Aunque se pueda pensar que el principio de las cofradías fue el carácter benéfico desarrollado alrededor de una advocación, en realidad no es así. Las cofradías de Semana Santa, unen dos elementos primordiales: primero el de la contemplación de la Pasión y Muerte de Cristo, y segundo el de la imitación de los dolores de Jesús en su Pasión y Muerte, por medio de una penitencia pública llevada a cabo en la procesión.

En Úbeda se tienen noticias de la existencia de las primeras cofradías desde 1551, aunque tan solo la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno y la de Nuestra Señora de la Soledad, han perdurado en el tiempo. Las demás cofradías de Semana Santa existentes en nuestra ciudad, son bastante más modernas, siendo fundadas o refundadas casi todas en el siglo XX, con excepción de la Cofradía del Santísimo Cristo de la Expiración y la Cofradía del Santo Entierro de Cristo, que se fundaron en el siglo XVII.

En los estatutos modernos de las mismas, se contempla la manifestación pública de la fe como uno de los actos más importantes de las cofradías, pero no el que más. Adquieren igual protagonismo el culto privado, en el que cada cofradía lo ha adaptado a su naturaleza, la formación cristiana del cofrade consistente en la inculcación de las ideas cristianas sobre la mortificación y el sacrificio, además de la esperanza en la resurrección y sobre todo el ejercicio de la caridad cristiana entre los integrantes de la cofradía, amén de desarrollar y participar en todas aquellas acciones enfocadas a la caridad desde las Comunidades Parroquiales.

En cuanto a las recomendaciones que hace la Iglesia sobre el acto de manifestación pública, ésta, anima para que dicha manifestación sea lo más espiritual posible. Los cofrades y por ende los cristianos, al salir con nuestros Titulares a la calle, debemos actuar con coherencia, teniendo muy en cuenta que ante todo somos cristianos, además de los representantes y portadores de las enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo, basadas en la caridad, humildad y misericordia, todas ellas encerradas en el amor al prójimo. No somos el escaparate de un pueblo o de una tradición, sino de La Iglesia y por consiguiente debemos de huir de todo protagonismo personal, desterrando cualquier aspiración que no sea la de la representación específica de la Pasión de Cristo, bajo la advocación representada en las distintas Imágenes Sagradas.

Las primeras imágenes que nos llegan de las procesiones de Semana Santa, se remontan a finales del siglo XIX y principios del XX, gracias a la fotografía. El cinematógrafo, como exponente de la revolución que supuso la grabación de las imágenes movimiento, también ha hecho que podamos contemplar algunas procesiones de principios del siglo XX, en las que se pueden observar las peculiaridades del momento.

Como es lógico, en Úbeda también se guardan imágenes de las procesiones de antaño. Sin necesidad de esfuerzo, podemos adivinar como las cofradías ubetenses han ido evolucionando, a lo que a imagen externa se refiere (Imágenes, tronos, atuendos, atributos, etc.). Gracias a la documentación escrita, plasmada unas veces en los documentos internos de cada cofradía (actas, legajos y correspondencia) y otras veces en la prensa y documentación guardada en archivos públicos, también podemos indagar en los ámbitos burocráticos y saber del funcionamiento interno de las mismas. En la faceta espiritual poco se ha debido de cambiar, pues el hecho de acompañar a nuestros Titulares en una procesión, produce en nosotros algo difícilmente explicable con palabras y que es común a todos los cofrades que han tenido la oportunidad de hacerlo con sentimiento cristiano.

Tomando como ejemplo la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno y no profundizando mucho en el tiempo (no es un trabajo de investigación éste) basándonos en las imágenes más antiguas de las que disponemos, podemos intuir que esta cofradía poco ha cambiado en su forma de manifestación externa. Salvo la renovación de Imágenes y tronos, por otro lado obligada a consecuencia de la barbarie humana llevada al extremo más irracional en los tiempos más oscuros de nuestra historia más reciente, lo que ha sido su protocolo y su organización prácticamente siguen con la misma estructura. De igual forma, el fervor y el apego de los devotos de Nuestro Padre Jesús Nazareno a esta Antigua Cofradía, sigue de forma incorrupta perdurando en el tiempo. El recibimiento que hace el pueblo de Úbeda a Jesús del Paso delante de la emblemática puerta de La Consolada, acompañado el momento por los sones de un patético Miserere que desde 1873 inunda las madrugadas de los viernes santos ubetenses, no es más que la demostración de que por encima de toda banalidad ilógica, está la devoción de un pueblo a su Nazareno.

La búsqueda de la exquisitez, de la calidad, de lo intrínseco, no se debe de hacer pisando por el filo de la navaja. Los cofrades debemos de estar preparados para lo que se avecina, que a todas luces parece ser que no son buenos tiempos. Por ello, nuestra formación cofrade y por lo tanto cristiana debe de ser una tarea constante y excelente. Deberíamos cerrar nuestros ojos a lo superfluo y a lo que confunde. Hoy por hoy, muchos ajenos se están aprovechando de nuestras creencias y de nuestro buen hacer por el mantenimiento de una tradición cristiana y se mezclan entre nosotros sólo y exclusivamente para satisfacer orgullos e intereses económicos, amén de la búsqueda de un escaparate que les catapulte al poder que ejercerán siempre en beneficio de sus propios intereses. Muchos de los que llegan a nuestras cofradías hoy, son los mismos que desde un punto de vista nada acertado, instigan críticas sin piedad contra la Iglesia y contra los feligreses, con un criterio muy injusto.

Nuestras cofradías, afectadas en mayor o menor medida, por la carencia de los valores humanos que está sufriendo nuestra sociedad, tendrían que entender que los cambios que se dirijan para luchar contra la posible decadencia que pueda surgir, deben de estar enfocados a la formación y a una gran apuesta por la calidad cofrade más que por la cantidad. De nada vale el esfuerzo de un solo día, para el resto del año estar al margen no sólo de tu cofradía, sino también de la propia comunión eclesial.

Para terminar y como reflexión, pensad que los Hermanos de Jesús debemos de estar orgullosos de lo que somos y de lo que representamos. Debemos de estar orgullosos de que a nuestra cofradía, poco o nada le han afectado las modas pasajeras que nada tienen que ver con la espiritualidad ni con el recogimiento, que produce el acompañar al Nazareno por la calles de Úbeda la madrugada del Viernes Santo. Ser Hermano de Jesús, es algo más que vestirse de morado un Viernes Santo cualquiera; es ser el representante de una tradición que desde hace más de cuatrocientos años, ha sido el alivio de muchas almas que han visto en el Nazareno la luz que le ha alumbrado la vida.

Artículo para la revista Jesús, de la Cofradía de Jesús Nazareno de Úbeda.

Si lo sé, no abro

Parece que fue ayer, pero de aquel domingo que apuntaba tan alto a lo que esplendor se refiere, han pasado casi 20 años. En la vida hay anécdotas difícilmente olvidables, y más cuando las mismas vistas desde la distancia, resultan un tanto graciosas. Aquel domingo de abril, el cielo no podía estar más azul y el brillo del Sol inundaba cualquier rincón del pueblo. Los sones de la magnífica banda de tambores y cornetas de una cofradía, alegraban la mañana y anunciaban a los ubetenses la buena nueva. El aire que transportaba los aromas de una primavera casi recién nacida, renovaba el ambiente de mi casa. Con celeridad, nos preparábamos para contemplar por las calles de este maravilloso pueblo, una bella imagen en procesión... ¡Qué bonito me ha quedado!

Por aquel entonces, vivíamos enfrente de la parroquial iglesia y nuestro balcón en tiempos de Semana Santa, ejercía de maravilloso palco desde donde podíamos contemplar, las salidas de las cofradías que residen en este templo. Aquella mañana de domingo, cuando todo estaba dispuesto para que la cofradía iniciase su procesión, yo desde mi balcón, me preparaba para embelesarme con tan maravilloso momento. En un instante oí que el timbre de mi casa sonaba con insistencia, y presto me dirigí a identificar al intruso que lo machacaba con su dedo. Cuando cortésmente pregunté quién era, sorprendido descubrí que quien osaba llamar a mi puerta en tan intempestiva hora, era una bella señorita ataviada con el clásico traje de mantilla española, pidiendo por favor entrar en mi casa para utilizar el baño.

Por las muecas que hacía la señorita en cuestión, debía estar a punto de “reventar” y analizando después los hechos, así hubiese sido si no me pilla al hilo; digo, a mí no, a mi retrete. La muchacha con las prisas y con la idea de no quedarse en tierra, y partir acompañando la procesión en la hora justa, apenas tuvo tiempo de evacuar y subirse la ropa, dejando en mi casa un “mandao que pa qué te cuento”. Por entonces no existía en el pueblo ningún camión de desatranque ni nada que se le pareciese, así que podéis imaginar lo que pasó con aquella deposición (así en plan fino.

En fin que la susodicha mantilla se alivió lo suyo, a mí me jodió lo mío, y todos tan contentos. Así que cuando una mantilla llame a vuestra puerta, tened cuidado, y por si las moscas decid que el retrete está roto.

El refugio de la oración

Oración (16)Gracias a personas que en algún momento se ilusionaron con un proyecto enfocado a plasmar las enseñanzas de los Santos Evangelios de una forma tan eficaz como ilustrativa, en el que desde la persona más ignorante hasta la más sutil puede comprender el momento de la pasión que se representa en los distintos pasos de Semana Santa de cualquier ciudad del mundo, todas y cada una con su idiosincrasia tan particular, hoy por hoy podemos contemplar en nuestras calles y templos con distintos grados de acierto, inmensidad de obras de arte dedicadas, así pienso yo, a fortalecer la fe del pueblo de Dios.

La imaginería debe su origen al movimiento cristiano casi desde sus comienzos, prodigándose como obra de arte (románico y gótico) sobre todo con la escultura en madera, buscando un fin catequético. Luego más tarde, a partir del Concilio de Trento, la Iglesia Católica decide potenciar el arte imaginero, desarrollándose extraordinariamente éste en el periodo del barroco. El escultor imaginero, gestionando técnicas como la policromía e incluso el uso de ropa, busca en su obra el acercamiento de los fieles, impregnando a ésta de un realismo casi incuestionable.

Para el cofrade en particular y para algunos creyentes, la contemplación de un paso de Semana Santa despierta un fervor claramente vinculado al momento en el que se mezclan: sentimientos arraigados a una tradición, sugestión derivada de esos sentimientos mezclados con la fe, y a la vez la percepción del realismo que el imaginero ha plasmado en su obra y que ayudado por la imaginación humana, puede parecer que lo que estamos viendo, está ocurriendo en ese instante.

Si intento ponerme en la piel de algún imaginero, creo que a la hora de realizar una escultura, la inspiración y el conocimiento de la materia que quiere moldear, deben de crear un nexo para que una vez finalizada la obra, el público al que va dirigida capte la idea que el artista quiere transmitir a través de la misma. Dado que la proliferación de imágenes de Cristo -las más comunes como pueden ser la del camino hacia el monte Calvario con la cruz sobre los hombros, o las imágenes dedicadas al momento de la coronación de espinas “ECCE HOMO” el Cristo crucificado, símbolo universal de la cristiandad- han acercado en gran medida los momentos de la pasión de nuestro Señor al pueblo, es muy raro por no decir casi imposible, que cualquier persona desde muy temprana edad, no tenga atisbos de lo que fue la pasión de nuestro Señor.

La contemplación de una imagen, nos puede sugerir algo abstracto pero también algo muy concreto y espiritual. El conocimiento no tanto de la materia artística, sino del componente espiritual que le pueda impregnar el autor de la misma, puede hacer de ella un icono catequista, que ayudado por la docencia intrínseca de la materia religiosa, sea un complemento muy efectivo a la hora de moldear en nuevas generaciones, un conocimiento puro de la pasión de Cristo. Lógicamente, no todo es la contemplación de las Sagradas Imágenes, que aunque valederas para acercarnos a la realidad de lo que pudo sufrir Jesús como hombre para alcanzar la salvación de la humanidad, tal y como se ha dicho, si esta catequesis no es complementada con una buena formación que nos haga comprender los misterios de su Pasión, Muerte y Resurrección, de poco sirve el enfervoramiento y la dedicación a mantener una tradición que puede resultar vana por falta de espiritualidad.

La particular Semana Santa de Úbeda en sus calles, nos acerca a la pasión de nuestro Señor de una forma cronológica y en cada paso de misterio, podemos imaginar de una forma fiel, los avatares por los que pasó nuestro Señor desde su entrada clamorosa a Jerusalén hasta el culmen de la cristiandad, reflejado en la imagen de la victoria de la vida sobre la muerte. Expresado esto, siendo consciente que no hace falta ser muy docto en la materia para ver lo que todo el mundo puede contemplar, sí me quedaría con una imagen, la cual transmite algo más que una simple faceta de la pasión de nuestro Señor. Hablo del momento en que Jesús se encuentra consigo mismo ante la oscuridad de la noche y con el abandono momentáneo de sus discípulos.

Jesús comienza su ministerio con una retirada al desierto buscando la orientación de algo que como ser humano y desde lo más hondo de su corazón le hierve. La necesidad de comunicarse con el Padre ante el inminente cambio de vida y por tanto ante la incertidumbre de los acontecimientos venideros, hace que Jesús se refugie en la oración para encontrar la luz y el consuelo ofrecidos por el Padre. Jesús, regresa fortalecido de un desierto de dudas, como el nuevo Mesías; el Hijo de Dios vivo. Esta dicotomía entre su vida anterior y su proclama de Mesías, está sostenida por una comunicación entre el Padre y Él, como Hijo, a través del rezo.

Los Evangelios hacen referencia en distintas ocasiones, de la continua comunicación entre Padre e Hijo a través de la oración, dejando como enseñanza que la misma debe de ser un puntal para la relación entre Dios y nosotros. La bella imagen que nos muestra el grupo escultórico de nuestra cofradía de oración, nos exhorta a orar también en los momentos difíciles; nos invita a tener a Dios presente y a refugiarnos en su grandeza, tomando como ejemplo la sumisión ante su divinidad, tal y como lo hace Jesús asumiendo la misión encargada por el Padre. Jesús toma conciencia de su ministerio de una forma absoluta, y su abnegación como hombre a los designios de Dios le catapulta hacia la divinidad. La oración, en su momento fortaleció y acercó al Hombre a Dios. Jesús nos la propone como medio de acercamiento espiritual, pero también de una forma familiar. Nos invita a llamar a Dios, Padre; y nos lo presenta como un Ser bondadoso del cual debemos de desterrar la idea de un Dios justiciero. La oración de Jesús en el huerto en los momentos previos a su pasión, también nos demuestra y nos ejemplariza, que la humildad debe de ser el arma que nos sirva para luchar en todo momento por conseguir el acercamiento pleno a Dios. Encontramos a un Jesús humilde, abnegado y sumiso, pero también nos encontramos con un Jesús confiado, que al amparo del Padre pretende ser la Luz que nos guíe en este camino de tinieblas que algunas veces es la propia vida.

Nuestra cofradía de oración en su manifestación tanto interna como externa, no ha dejado de lado la postura de la mejor de las intercesoras que puede tener el hombre. María se presenta cargada de esperanza; pero no de una esperanza egoísta apoyada en el hecho de que Dios salve a su hijo en el último momento del suplicio, sino una esperanza fundada en la creencia de que Dios estará presente al final y en el principio. María asume los designios del Padre y se nos ofrece como medio de llegar al Espíritu de Dios. También Ella, nos enseña a orar y a pedirle a un Dios justo y misericordioso, demostrando que la Fe, la Esperanza y la Caridad, son las fuentes en las que debe de beber todo cristiano.

Artículo para la revista Getsemaní, año 2.009

Devoción o necesidad

Una de las necesidades que originaba la falta de prestaciones sociales por parte estatal en la oscura España de los años cincuenta y sesenta, en el sector agrario y dentro de éste en los trabajadores por cuenta ajena –jornaleros- era la de afiliarse a grupos que de una forma organizada luchaban por dar socorro a los asociados, y así mitigar en la medida de lo posible los efectos colaterales y propios de la temida enfermedad o accidente, que tan a menudo visitaba los hogares de las clases más desfavorecidas. Caer enfermo sin el respaldo de algún tipo de ayuda, podía agravar de una forma dramática la ya lamentable situación económica de muchas familias de Úbeda, que sólo disponían de dos brazos para traer el sustento a casa, a veces tan corto, que a duras penas se podía disimular el hambre en el rostro de muchas personas.

La necesidad obligaba a estar inscritos en asociaciones benéficas, no siempre religiosas, que de una manera eficaz paliaban los gastos sanitarios que se podían generar a causa de la aparición de la enfermedad, con una ayuda que vulgarmente se conocía como médico y botica. También en algunos casos se pagaba una pequeña ayuda económica a la cual llamaban socorro, y que era una cantidad estipulada que de algún modo ayudaba a que hubiera en el hogar del asistido, alguna liquidez para por lo menos acceder a la compra de los alimentos más básicos. El organigrama de estas asociaciones públicas estaba tan bien construido, que el funcionamiento de las mismas era bastante escrupuloso, llegando incluso a tener sus propios inspectores que, vigilantes velaban para evitar el fraude de los más avispados que simulaban la enfermedad para acceder a la asignación del llamado socorro.

Por “culpa” de esas asociaciones y por la necesidad de nuestros progenitores, muchos ubetenses pertenecen hoy por hoy a cofradías de Semana Santa. Un decreto del gobierno de Francisco Franco en contra del asociacionismo, hace que la mayoría de los grupos benéficos desaparezcan, quedando tan sólo las asociaciones de carácter religioso. En algunos casos, éstas, absorbieron a las sociedades no religiosas, integrándose las mismas en la masa social, incluso con la derrama de todo su patrimonio económico. Que yo sepa -por dar un apunte- en los años sesenta la Cofradía de la Humildad absorbió dos asociaciones de este carácter: La Prosperidad y La Esperanza; aunque supongo que posiblemente hubiera más mezclas de este tipo.

En aquellos años a los que hago alusión anteriormente, pertenecer a una cofradía de Santos como vulgarmente se les llamaba, suponía para muchos, más una obligación que una devoción. La asistencia a los actos religiosos o de carácter social que se desarrollaban en estas hermandades, no era en la mayoría de los casos voluntaria, es decir, la coacción ante la imposición de sanciones económicas por la no asistencia a estos actos, llegando incluso a la expulsión de la cofradía y como es lógico a la pérdida de derechos, obligaba en cierta forma a ser muy estricto con el cumplimiento de las normas que recogían los reglamentos de estas corporaciones. Muchas de las cofradías ubetenses estaban formadas por socios que pertenecían al mismo gremio, la más conocida la de la Virgen de la Soledad que agrupaba a los albañiles, aunque también, comerciantes, labradores, ganaderos, etc.... daban forma a los libros de registro de otras entidades del mismo estilo. En definitiva, la composición de las cofradías de los años cincuenta, sesenta y principio de los setenta, era una amalgama de de clases sociales entre devotos, necesitados, y devotos necesitados.

Las mejoras sociales, aunque lentas, llegan a nuestra sociedad. Por este hecho, las bajas de muchos hermanos en nuestras cofradías (no hay que olvidar que muchos de los socios lo eran por el mero hecho de acceder a las coberturas sociales que otorgaban las hermandades) amén de la venida a menos de los mecenas que tiempos atrás sufragaban muchos gastos de las mismas, empiezan hacer mella en la ya maltrecha economía cofrade. Posiblemente las cofradías que más sufren esta crisis, son las que sus filas estaban compuestas más por socios necesitados, que por hermanos devotos. En la década de los setenta, en Úbeda hubo cofradías que estuvieron al borde de la desaparición.

No todas las cofradías pasan por los mismos aprietos, sobre todo las que en sus hermanos existe una verdadera devoción por sus Titulares. La cofradía de Jesús Nazareno será la cofradía señera en Úbeda, en cuanto a número de hermanos y devotos. También nacen nuevas cofradías, que poco a poco se abren paso en aquellos difíciles años.

Sólo importa tu amor

Humildad (11)
Ahondo en mis recuerdos, en esos recuerdos que difícilmente imagino en color, y veo tu imagen casi abandonada en un rincón de la iglesia que ahora te rinde pleitesía. No quiso Dios que tu morada fuese el oscuro retiro del olvido, sin nombre, sin advocación, pasando desapercibida a los ojos de los amantes del lujo y de la parafernalia. No quiso Dios que tu Hijo, humilde por vocación pero grande en la devoción que tú le profesas, caminara solo por las vetustas calles de Úbeda. Quiso Dios, que tu advocación llenara de Fe a tus humildes cofrades, seguidores del destello de luz que emana de tu hijo Jesús. Tu ejemplo está en la fe sin condiciones; tu verdad está en tu abnegación y en la entrega a tu Dios; tu humildad engrandece tu nombre.

Desde el cielo, tu mirada atraviesa los corazones de tus hijos, quedando al aire todos nuestros rencores y miserias. Nadie, ante tu mirada de privilegio, puede esconder los secretos que aquí en la tierra, se diluyen entre el humo del incienso y las sombras de exornos. Desde el cielo, tu intersección fortalece la esperanza en la justicia y la esperanza en la verdad. Desde el cielo, porque tú estás en el cielo, porque Dios te rescató de las miserias humanas y te libró de las quimeras hipócritas que te quieren como patrimonio absoluto, sabes interceder por el desvalido, por el desamparado, por el justo, por el dócil.

Poco me importan las estruendosas celebraciones, a veces vacías, a veces decoradas de guirnaldas que el viento arrancará porque la raíz es débil. Poco me importan los sollozos de fariseos que sólo te quieren una vez al año, porque quererte es querer al prójimo, porque quererte es poder mirar a la cara a tu hermano, porque quererte es seguir la senda de tu Hijo. Nada me importan las extravagancias de los que en la cúspide, se apartan de ti negando a tu Hijo, porque negar a tu Hijo es difamar al hermano, porque negar a tu Hijo es creerse superior a todo. Sólo me importa tu amor de Madre, porque como Madre sabes perdonar a los que ofenden, porque como Madre que eres, velarás por tus hijos en su dolor.