¿Ocaso?

Se habla de un aumento en la secularización, que en términos estadísticos se manifiesta en cuanto a personas que se declaran católicos, con una merma de un 15% en un periodo de dos lustros. Otros declarándose así, reconocen que no participan prácticamente en nada de la vida de la iglesia, salvo en actos culturales o sociales propios de fiestas católicas. Claro está que esto se deja un poco a conveniencia de cada cual, pues cuando hay que hacer uso de los templos para bodorrios y demás, sí nos acordamos de Santa Bárbara. El teólogo Juan José Tamayo aduce dos motivos por los cuales se ha llegado a esta situación, y uno de ellos –según Tamayo- es la pérdida de credibilidad de la jerarquía y de la iglesia como institución. Supongo que cuando habla de jerarquía se refiere a la alta jerarquía, pues de los que están al pie del cañón, y me refiero a los sacerdotes, misioneros y tantas y tantas personas que se dejan la piel por ayudar en el nombre de Dios al desvalido, bastante hacen, y a veces sin los medios necesarios.

Bajo mi punto de vista y no descubro nada si así lo digo, el rebaño de Dios –al menos por estos lares- está un tanto desperdigado y desorientado debido a la falta de pastores, ya que los mismos están recluidos y distantes en sus palacios lejos de las realidades sociales. Cercanía y sobre todo equilibrio con la sociedad, sería buen remedio para que aunque las ovejas negras se dispersen sin remedio, esto no afecte a lo mejor del rebaño. Aunque soy consciente de que no es nada fácil, seguramente si se consiguiera fortalecer lo bueno, de lo malo se recuperaría y mucho.

Aún así y otorgándole a los jerarcas su parte de culpa, sería de necios escuchar esta noticia -casi siempre voceada por medios que parece “SER” que la Iglesia Católica es el enemigo a derribar- y sacudirnos el polvo como si la cosa no fuese con nosotros. Ser católico y por ende cristiano requiere compromiso y un compromiso que la mayoría no estamos dispuestos a asumir debido a que los “valores” que se han instalado en nuestra sociedad no nos hablan de otra cosa que no sea lo del todo vale y primero yo y después yo. Estos valores tienen como caldo de cultivo la falta de formación no sólo cristiana, sino también social. Si desde la comunidad más pequeña -la familia- no se fortalece la religión, difícilmente llegaremos a recuperar lo perdido e incluso podríamos caer en lo más hondo. Aunque no sea norma y tampoco atribuible a todos los niveles sociales, donde abunda la grosería, la verdulería, la falta de educación, la prepotencia y la poca cortesía, no puede existir otra cosa que no sea fango.

Decía que a la jerarquía no se le puede achacar todos los males, aunque posiblemente uno de los que sí se le pueden imputar sea el apego a ciertos sombrajes que para nada son ejemplo de lo que se manifiesta en los evangelios. Hay que cernir el trigo con harneros de agujeros no muy grandes para que las granzas no pasen. Los falsos pastores en busca de notoriedad, proliferan apoyados en cayados de mentira, y no siempre desde la llanura es fácil discernir cuál es el verdadero mensaje de Dios, ya que los que dicen hablar en su nombre no parecen trigo limpio. A la Iglesia le iría bien un cambio de discurso y sobre todo con respecto a las lacras que fustigan el tercer mundo. También sería recomendable cambiar a algunos mensajeros, ya que desde la opulencia es difícil predicar la humildad y ser fiel a la verdad.

Posiblemente cambiar la actitud de un pueblo que se hace llamar católico sería difícil, aunque si cundiese otros ejemplos entre los que se dicen ser los elegidos, otro gallo nos cantaría.

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