El santo resbalón

Me da la impresión –seguramente no descubro nada- de que más que interesarse por la ciudadanía en su conjunto, a la mayor parte de nuestros políticos, les hace andar el interés partidista y todo lo que se puede conseguir arrimándose a la sombra de un buen árbol. Me da la impresión –seguramente no yerro- de que el arma más contundente que emplean toda esta clase de beneficiados sociales, es la crispación. Y es que para conseguir el poder, ya no hacen falta ni ideas ni proyectos. Ahora, la oposición política no se hace con una metodología de control hacia el gobernante -aunque existen miles de subterfugios para zafarse de ella- sino con elucubraciones unas veces, y con medias verdades otras, apoyándose en lo mediático para generar controversia y alimentar el odio.

La visita de nuestro Pontífice no podía escapar a esta política forma de actuar, y en este caso, las inoportunas declaraciones del Santo Padre refiriéndose a la constitucional –no nos olvidemos- separación Iglesia y Estado, han generado por enésima vez un debate innecesario que, alentado por los que se creen salvadores de la Patria, una vez más no han dudado en asignarse el poder de encasillar a los católicos en un solo contexto, porque para ellos, católico y conservador son una misma cosa. Esta hipócrita actuación, como tantas otras, no es ni más ni menos que el querer posicionarse al frente de una peligrosa corriente de confusión, que pone en tela de juicio la norma fundamental del Estado, y que alimenta el odio entre las distintas corrientes ideológicas de este País. No hay que olvidarse, que la laicidad hoy presente en España, nos otorga a los católicos la libertad de manifestarnos libremente en nuestras convicciones. Esta libertad es la libertad que otras confesiones religiosas y otras formas de pensar, deben de disfrutar desde el respeto.

En lo social, la visita del Papa como era de esperar ha suscitado opiniones para todos los gustos, y a mí entender, desde ciertos sectores se ha intentado manipular de una forma negativa, para arrojar piedras contra el tejado de la Iglesia Católica. El problema está, en que todavía no hemos olvidado, porque hay gente que le interesa que no se olvide. Sabiendo esto, Benedicto XVI se podía haber ahorrado atizar este rescoldo. El anticlericalismo de los años 30, fue puesto de manifiesto por las atrocidades cometidas de los que tenían pistola. Por gente que utilizó en nombre de la libertad, el terror y la opresión más brutal, no sólo contra los que vestían hábito, también con quienes apenas sabían persignarse y rezar un Padrenuestro. Después vino “la segunda vuelta” y la pistola cambió de manos, y la historia se volvió a repetir, pero esta vez a Dios rogando y con el mazo dando, en el peor de los significados. Ahora, en España crecen nuevas generaciones ajenas a aquella oscura historia. Con libertad para elegir, y con libertad para equivocarse. De los que conocemos poco o mucho aquella tragedia, depende en gran medida que no se vuelva a repetir. Los católicos deberemos de luchar por mantener nuestras convicciones, y de que estas crezcan en los corazones de nuestros descendientes sin imposiciones, y con razones que no impliquen en absoluto a la sucia política. Por consiguiente, para el católico comprometido, manifestaciones de este tipo ponen en tela de juicio nuestros argumentos.

De todas formas, como todo no podía ser malo, me quedo con frases bastantes más profundas dichas por el Papa en su visita a España. Frases que cómo promulgan verdades como templos, no generan ningún caldo de cultivo para que ni los vividores de la patria, ni los detractores de la Iglesia, las utilicen como armas arrojadizas. 

“Entre verdad y libertad hay una relación estrecha y necesaria. La búsqueda honesta de la verdad, la aspiración a ella, es la condición para una auténtica libertad. No se puede vivir una sin otra” “Es necesario que no haya un enfrentamiento sino un encuentro entre fe y laicidad; hay que renovar la fe para responder a esa laicidad” “Es necesario que Dios vuelva a resonar gozosamente bajo los cielos de Europa; que esa palabra santa no se pronuncie jamás en vano; que no se pervierta haciéndola servir a fines que le son impropios”

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