La España que entre todos hemos hecho

Siempre es sorprendente ver la facilidad con la que nuestras lenguas esparcen a los cuatro vientos los defectos que creemos ver en los demás. También es sorprendente ver cómo a veces fluyen jueces por cualquier rincón, otorgando veredictos de culpabilidad a diestro y siniestro, porque en nuestra sociedad somos muy dados a la crítica más lasciva, teniendo en cuenta sólo puntos de vista totalmente parciales, partidistas y sostenidos por un odio incontrolado a todo lo que no nos gusta como suena. Vemos siempre la viga en el ojo ajeno y no nos acordamos de dónde venimos ni a quién le lamimos el culo para llegar hasta donde estamos asentados. Damos por hecho que nuestra razón es la razón y la abrigamos con argumentos y petulancias asquerosas. Con nuestros discursos intragables, queremos dar seña de talento y de sabiduría. Abanderamos ideologías hechas a nuestra medida que rara vez ponemos en práctica porque no es lo mismo decir que hacer, y lavamos nuestra conciencia esturreando un puñado de migajas con el beneplácito de cuatro palmeros mal contados que por lo que sea nos doran la píldora.

Ahora les toca a los eruditos hablar crisis, de soluciones y de porqués, mientras siguen comiendo a dos carrillos. Y veo como algunos funcionarios con un sueldazo a veces multiplicado por dos, se quejan porque se lo han bajado un 5%. Y me da asco. Y veo como los corruptos se agarran a un clavo ardiendo para no soltar la presa, y con miles de argucias "legales" se mantienen en el poder para seguir chupando como sanguijuelas. Y el presidente de los empresarios dice que hay que trabajar más y cobrar menos para sacar a España de esta situación. Menudo ejemplo. Y los políticos comen y beben y vuelven a beber, y el carro no puede tirar más, cargado de zánganos. Y la España que entre todos hemos hecho.

Hace años, en plena ebullición de la nueva España democrática, alguna vez que otra discutí en buena lid con gente que había vivido otras etapas más oscuras, pero que veía con cierto escepticismo el discurso de los nuevos “salvadores de la patria” que salían a la palestra manejando los discursos de libertad e igualdad, que a ellos les sonaba a chino. Razones al parecer tenían, cuando me decían “que estos son como las sanguijuelas vacías a la espera de engancharse a alguna bestia”. Me costaba trabajo entender esta postura y lo veía como una renuncia a la prosperidad que como una brisa de aire fresco recorría la nueva España. La juventud y quizás la poca sabiduría, me hizo creer que se podría luchar por una sociedad más justa y solidaria sin grandes diferencias y sin injusticias sociales.

Los principios de igualdad y justicia que promulgaban los políticos al principio de la transición española, siempre los entendí desde la coherencia. Sé que aunque en principio todo el mundo es igual, no todo el mundo merece lo mismo. El premio a la valía y a la responsabilidad debe de ser correspondida. En parte somos nosotros los responsables de las “diferencias sociales” que existen en nuestro mundo, puesto que nuestro comportamiento y nuestra apuesta en muchos de los valores cotidianos, nos clasifican y nos agrupan. Es lógico el premio al esfuerzo, pero es preceptivo saber también que nuestros logros fueron posibles porque hubo una sociedad que puso en nuestras manos las posibles herramientas para conseguirlos. Por consiguiente, aunque nuestro esfuerzo deba de tener una recompensa, ésta no debe de ser un elemento que aumente la separación entre clases sociales. Hay que devolverle a la sociedad lo que ésta nos prestó.

Ahora son otros tiempos. Esos principios de igualdad y justicia, ahora en nuestro país tienen un significado utópico y nostálgico. A estas alturas todos sabemos de qué va esto de la política. Los políticos en sus discursos invocan la sensibilidad de la gente de a pie. Dan a entender que están cerca de los grupos más desfavorecidos con promesas que saben que nunca podrán cumplir. Estrechan la mano de gentes que en realidad no les importan lo más mínimo. Se han convertido en una clase social cuyos fines están lejos de la vocación y del altruismo. Se apoyan en palmeros y en los estómagos agradecidos (véase: contratados, sindicalistas, altos cargos…) que su única salvaguarda es saquear las arcas del estado con sueldos indignos que van más allá del premio a la productividad. Se ríen del pueblo con argumentos de transparencia. Se justifican y se apoyan en argucias “legales” para incrementar con desmesura su poder y su patrimonio.

Para mí, es difícil digerir los ecos que me llegan arrastrando las voces de los iluminados de la patria, las vanas palabras de los inconformistas, las patrañas de los que se creen en poder de la razón y de los que se casan con un ideal que les va al bolsillo, de los que desprecian a los que no piensan como ellos, de los que critican con argumentos sectarios, de los intransigentes, de los endiosados, de los que su mano derecha sabe lo que hace su izquierda. Cada vez me siento menos identificado con está patria llena de saqueadores. Llena de gentuza que tienen en su mente un único ideal: enriquecerse.

En esta España que entre todos hemos hecho todavía hay un largo trecho que recorrer en pos de una sociedad justa e igualitaria, pero tal y como se presenta el panorama, creo que las prioridades de nuestro pueblo se establecen en otro sentido.

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