Cupido "El penitente"


Gracia  (5)El fervor que emana de las piedras de la ciudad cristiana y semanasantera por excelencia, se transforma en aliento que embriaga de olor a incienso y arrebata los sentidos, para que al final los mismos vuelvan de una forma mágica, saturados de un profundo impulso que hace que la llama de una tradición, no se apague en ningún momento. Es por eso, por esa magia que de una forma muy particular, cada cofrade, cada devoto, esté ante este maravilloso acontecimiento, acompañado de un sinfín de sensaciones y de sentimientos. Sentimientos y sensaciones que se transmiten entre generaciones, que no están reglados y que sin duda están manejados por el Espíritu. Sentimientos y sensaciones que se revitalizan en mí, cada vez que mi Señora pasea por las calles de Úbeda, al son de La Madrugá y del rachear del paso de sus hijos costaleros…

Hablando de sensaciones y de sentimientos, lo que voy a contar posiblemente sea una de tantas historias, uno de tantos momentos que cualquier cofrade ubetense puede haber vivido en el seno de su cofradía, en su momento más álgido. No sé si por la sugestión que generó el acontecimiento, o por las circunstancias vividas meses atrás, lo que pasó caló tan hondo en mí, que desde entonces la Señora y yo, hemos sido inseparables.

En una espera que se hacía eterna un frío Lunes Santo, guardando sitio en una acera, nos encontrábamos mi esposa, mi madre y yo. El eco producido por el bullicio de tambores, trompetas y campanillas, anunciaban el paso de Nuestra Señora de Gracia por las calles de Úbeda. Pronto, un año más Ella y yo nos encontraríamos en ese momento tan íntimo… tanto que contarle… Tanto que decirle… Al final, a su llegada, una sola mirada bastó para que María, La Llena de Gracia, me entendiera sin cruzar palabra alguna.

Quizás fue fruto de la casualidad, quizás fue un milagro; tantas y tantas preguntas me han surgido desde entonces… Contemplando a la Señora, sentí que alguien me llamaba la atención dándome unos pequeños golpes en el hombro. Cuando atendí a aquella extraña llamada, un nazareno me dio algo que en primera instancia no supe que era. Algo pequeñito que luego se hizo hermoso. Un pequeño retrato con el Rostro de Nuestra Señora de Gracia. Sorprendido, rodeé la vista para saber de aquel Nazareno, y aún con el rostro tapado por su capuz, por su mirada pude saber que era alguien que gozaba por haber realizado una buena obra. Besé la foto tal y como si hubiese besado a la Madre de Jesús, y la guardé en mi corazón para siempre. Es muy posible que en otras circunstancias, ese encuentro entre la Señora y yo no se hubiese producido, pero así sucedió, y María, la Llena de Gracia, se cruzó en mi camino, esta vez para quedarse.

Seguramente este momento se repetirá una y mil veces a lo largo de la historia. Siempre habrá un momento para caer cautivo del amor de María. María representa en la Pasión de Jesús, la esperanza y la quietud, y se hace escalón fundamental para llegar a Dios. Por eso mismo, como Madre sabe de nuestras debilidades y sabe hablarnos para llenar nuestros corazones de Gracia.

Parece paradójico, pero lo que los hombres se empeñan en quitarte, Dios te lo da por otro lado. Parece paradójico, pero aunque los hombres quieran intervenir en lo espiritual, eso es sólo cosa de Dios. Él sabe los caminos y siempre está vigilante, para salir al encuentro del que lo busca verdaderamente. María para mí, es la Llena de Gracia, es la Fe, es la del Dolor. Jesús, será siempre el Nazareno que murió por mí, y que con su Resurrección me enseñó que el final siempre será el principio.

Quisiera saber de aquél Nazareno, para darle las gracias por ese regalo que inundó mi corazón de alegría. Quisiera saber de aquél Nazareno, para decirle cuánto bien hizo en mí.

Aquél Nazareno, era Cupido el Penitente.

Artículo para la revista Gracia Nuestra, que edita la Hermandad y Cofradía de Nazarenos de Nuestra Señora de Gracia de Úbeda.

Cuestión de conciencia

El ser humano, por su condición morfológica es difícil que escape a las miserias de las que irremediablemente nos acompañan en toda nuestra existencia. La soberbia, que para mí encierra y cubre el resto de pecados capitales, es nuestro mayor enemigo, porque hace que una y otra vez caigamos en el fango de la prepotencia y por ende en el de la hipocresía. Es de humanos equivocarse –frase una y mil veces repetida- pero cuando se insiste una y otra vez en desvelar nuestras desdichas, sólo cabe pensar que además de soberbios e hipócritas, también somos rencorosos. Y cuando con insistencia ejemplarizamos dando lecciones de humildad, citando a personajes que nada tienen que ver con nuestras guerrillas particulares, nos abanderamos de algo que no nos pertenece, o por lo menos nos queda grande. Y cuando con insistencia hablamos de la misericordia, dejamos entrever que sólo la pedimos para nosotros. Y cuando hablamos de responsabilidad, su falta se la echamos encima a nuestro prójimo.

Creo que desde la distancia no se debe de hacer sátira del comportamiento humano, porque nuestra condición de ser nos impide ver o analizar con criterios justos y coherentes. Porque sin remedio, nuestro punto de vista siempre es afín a nuestro pensamiento y eso es muy difícil de traicionar. Porque una verdad es -aunque la misma este manida- que el que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Y así es la vida, con nuestros aciertos y con nuestros errores. Y no hay diferencia alguna entre seres humanos, porque todos luchamos con egoísmo por nuestra supervivencia, sea en el campo que sea. Porque nos gustan los halagos y no las críticas, aunque sean constructivas –estas nos las pasamos por el forro, pues lo primero que vemos en ellas es protagonismo-. Porque cuando nos salpica nos enfadamos y no nos acordamos de cuando hemos salpicado a los demás. Porque nos escondemos en el anonimato para ser todavía aún más lascivos y crueles con nuestros semejantes –esto casi siempre es por envidia-. Porque cerramos las puertas para que nadie usurpe nuestros sepulcros blanqueados. Y esto es una pescadilla que se muerde la cola sin remedio. Hoy me toca a mí y mañana te tocará a ti. Así de simple y así de llano. Y a todo esto, cada cual allá con su conciencia y con su manera de ser feliz.

Y a mí, salvo cuatro o cinco cosas –que no voy a citar por prudencia- mal contadas, después de mis experiencias, he decidido que lo único que me preocupa es mi familia, traer algo a casa para poder ir tirando y los pocos amigos que tengo; en ese orden. Y el que quiera algo de mí y yo pueda servirlo, sabe donde encontrarme.